Yo te digo mi verdad

Venganza, no esperanza

Putin, como tantos otros de sus impasibles predecesores autócratas, nos hace a todos vengativos y rencorosos

Si hacer llorar a un niño, llorar de verdad, no los berridos por el capricho frustrado ni con ese llanto interesado o chantajista que arteramente usan los niños, sino con ese lloro profundo que surge de su alma sin dobleces y muchas veces ni siquiera vierte lágrimas, es lo más ruin que puede hacer un ser humano, ¿qué calificativo tendríamos que inventar para nombrar la muerte y destrucción que están derramando Vladimir Putin y la gran fuerza terrible que le acompaña? Vemos caer bombas, estallar autobuses, derrumbarse edificios, volar torres de comunicación y ninguna de esas imágenes como de efectos especiales cinematográficos tiene la capacidad de herirnos hondamente que desplegó la de la madre embarazada saliendo malherida en camilla de un hospital, y la posterior noticia de su muerte y la del hijo que llevaba en su vientre.

Ambos pasan a ser, por mor del terrorífico guionista de esta película, la madre y el hijo de todos, muertos a la vez, como si el alucinado emperador ruso pudiera y lo hiciera, matar de un solo y satánico golpe nuestro origen y nuestro futuro.

Putin, como tantos otros de sus impasibles predecesores autócratas, nos hace a todos vengativos y rencorosos, propicia que le deseemos todos los males y, sobre todo, el mal definitivo y concluyente. Como un rey Midas al revés convierte en barro todo lo que toca, y transforma a los pacifistas con alma en gente que sueña con un ataque demoledor contra las fuerzas rusas, con que una especie de Superman dé al gran nostálgico del imperio soviético una lección planetaria. Hasta el descreído reza para que sean verdad los rumores sobre sus problemas de salud y se ofrece a ser el enfermero que le suministre su supuesto remedio.

Además de por la enorme destrucción de vidas, haciendas, recuerdos y esperanzas que está provocando, cuando esto acabe (y no tendrá un final feliz) también habrá que pedir cuentas al gran destructor por todas esas malas ideas vengativas que nos ha provocado. ¿Quién será el santo que le ofrezca la otra mejilla a alguien que está deseando encontrar rostros que no sean de su agrado para descargar mil bofetadas más? ¿O quién caerá siquiera en la dulce tentación de rendirse ante alguien que no encuentra más satisfacción que la humillación del que ha convertido en su oponente? Y lo más desesperanzador ¿de qué sirve condenar al castigo eterno a quien encuentra su hogar ideal en el infierno?

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