Crónica personal
Pilar Cernuda
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ACABARON en España los tiempos en los que un discurso marcaba una época. La democracia dicen algunos que tiene que ser aburrida. Esa es la parte buena del discurso del Rey -no hablo de la famosa película del rey inglés tartamudo, sino del nuestro-. La parte mala es la de la decepción del público, que esperaba el inicio de un nuevo impulso contra el escepticismo con el que se vive la cosa política.
El Rey se definió como alguien "que debe atenerse al ejercicio de las funciones que constitucionalmente le han sido encomendadas". En el país de los golpes de Estado, pronunciamientos, militares salvapatrias, alzamientos, repúblicas de un quinquenio, reyes entrometidos y venales y gobernantes por la gracia de Dios, es mucho mejor un Rey que se atiene a las normas establecidas. Es lo que algunos llaman un rey republicano aunque lo que es propiamente es Jefe de Estado de una monarquía parlamentaria. Poderes justitos, como los que tienen los presidentes de repúblicas que no son elegidos por el voto popular sino por los parlamentos nacionales. El otro modelo es el del Presidente norteamericano o el francés, que es votado por el pueblo, que unas veces elige a Reagan o Clinton y otras a Chirac u Hollande. Presidentes de derechas, de izquierdas, incluso reaccionarios. Presidentes de guerras, como Bush. Presidentes de ilusión inicial como Obama, del que todavía se espera honor al Nobel de la Paz. Presidentes presidenciales, casi monarcas, como De Gaulle o Mitterand.
Algunos prefieren la democracia al estilo de la plaza Tahir de El Cairo que hoy vive una dictadura y con prohibición de reunirse en la susodicha plaza o la originada en la plaza de la capital de Ucrania -la plaza Maidan de Kiev- que derrocó al Presidente de su República -elegido por los votos, aunque corrupto y proruso- y hoy vive una guerra civil y ha perdido Crimea. Se reúnen varios miles o centenares de miles y deciden que el sistema ya no vale y, aunque seguramente sea inviable, la legalidad no es una broma, porque si se la salta alguien impunemente, se la puede saltar todo el mundo.
La certificación de que los tiempos heroicos se terminaron fue el discurso del Rey. Como la Constitución de EEUU tiene 227 años, allí sí que no hay nadie vivo que la haya votado, pero cuando no les gusta algo, la enmiendan. ¡Qué gran invento! Ya llevan 27. ¿Lo copiamos? Yo me acojo a la quinta enmienda y termino mi artículo.
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