Por montera
Mariló Montero
Un país en prórroga
EN la esquina de la calle, o en la carretera, un hombre vende tagarninas. Una espuerta con las verduras debidamente peladas y envasadas en unos plásticos, a euro el paquete. La gente compra más o menos, para su avio. A esto llega un coche de Seprona (gran labor, por otra parte, de este cuerpo) y le dice que está prohibido "venta ambulante, trazabilidad y sin licencia municipal". El hombre no sale de su asombro, replica que está parado, que no tiene qué dar a sus hijos de comer y qué no sabe qué hacer. El guardia le explica que obedece órdenes y que la tagarnina es especie protegida, está prohibida la venta ambulante. Un diálogo digno de plasmar en un poema. La gente, comenta y discute según su entender. Una pieza teatral, más bien una tragedia.
De siempre en esta época se ha ido a coger tagarninas al campo y luego venderlas en la esquinas. Y son innumerables las peripecias habidas, desde entrar en un cerrado con toros bravos, que el guarda de una finca lo prohibía porque está acotado y era un subterfugio para pillar las perdices o porque las vacas… que toda la vida, se daba entrada libre en todos los campos a los pobres, que lo necesitaban. Cuentan que en tiempos de la posguerra, cuando estaban por aquí los militares, las jóvenes les cantaban "Si te quieres casar con las chicas de aquí / a coger tagarninas te tienes que ir". Coger tagarninas era lo natural, cuando llegaba la temporada. Y sobre todo en épocas de hambre, coger tagarninas, espárragos e incluso cardillos perrunos. Era el último asidero para combatir la necesidad, el hambre. Luego, como ocurre con otras cosas, se pone de moda el guiso de tagarninas o la tortilla de tagarninas, según el saber y entender de la cocinera/o y hasta como fiesta gastronómica de carnaval.
Pero he aquí que o se quejan las fruterías por la venta ambulante o porque es especie protegida. El que las coge, está en límite, pero no se resigna y se busca la vida rastreando los campos, arañándose con las espinas y todo, como en un supremo arranque de rebeldía en su paro y las vende en la esquina, para ganarse dos pesetas. Se comprende, sí se comprende, pero no se comprende. "O sea" como diría el maestro Umbral en sus artículos. Una necesidad, un drama. "O sea".
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