Desde mi cierro

Pedro / Mª González / Tuero

Sueños rotos

20 de junio 2009 - 01:00

PERO a esa Alameda no la conocí. Pasaba la otra tarde, pues hacía algún tiempo que no lo hacía, y tuve al verla una sensación de desconcierto y asombro. Me pareció encontrarme en otro mundo que no me pertenecía: espacial, impersonal, pintado de gris, sin recuerdos, frío y sin nada que decir. En aquel momento se me rompieron aquellos sueños, se quebraron aquellos recuerdos y sentí el frío propio que recorre nuestra epidermis cuando llega un inesperado sobresalto. Aquello era un enorme espacio abierto, los pocos árboles respetados estaban seccionados por sus antiguas ramas, los pasillos terrosos que separaban los parterres se habían convertido en ese granito galáctico que hoy invade tantas ciudades; pero algo diferente agradaba a la vista del paseante, pues al fondo aparecía como nunca, con una claridad inusitada, que sobresalía como apoyada al barandal de la Alameda, la dieciochesca iglesia de San Francisco, que con su antigua techumbre y su torre, contrastaba con ese paisaje.

Porque todos llevamos una alameda dentro. Los niños siempre nos hemos divertido con amigos y con niñas, y esa Alameda era el lugar primero que nos hizo fijarnos en unos bonitos ojos adolescentes, que tocamos esa suave piel de la mano de alguna niña que nos encandilaba, mientras jugábamos al escondite entre árboles y casapuertas. El casino que le decían de doña Nuncia, el primer templete de madera, arriates y jardines o esas enormes losas en los paseos centrales. Bermejo, el guardia, no nos dejaba pisar los jardines, los vecinos del entorno sufrían cuando nos colábamos en sus casapuertas y de la pastelería La Victoria nos echaban cuando ya un tercero pedía otro vaso de agua. O, a veces nos entreteníamos observando desde el cierro de aquella mi familiar mansión ya casi abandonada, hoy antiguo cine Alameda, cómo aquel fino pintor trazaba los rasgos de algún actor de la época que copiaba a gran escala desde un simple programa de mano. Al terminar la tarde, cuando los más altos árboles de sombra rompían ya el cielo enrojecido, nos marchábamos extenuados a casa, que, sin tele aún, después de la cena, caíamos rendidos en un merecido sueño.

Aunque sepa, mi lector, que todo esto no es un ataque de nostalgia, sino simplemente dejar constancia de que paulatinamente esta Isla y muchas otras ciudades están perdiendo sus señas de identidad. Pero por mor del progreso y la modernidad, hay que aceptarlo. Porque sí.

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