al curricán

José Manuel / Serrano / Cueto

Rimada

18 de octubre 2012 - 01:00

NO nos acostumbramos a la muerte. El pasado día 14 falleció en Málaga un grandísimo amigo, Fernando García Rimada, fisioterapeuta y actor, hombre bueno, profesional eficaz. Aunque sabía de su larga enfermedad, su fallecimiento ha supuesto un duro golpe. Lo quería y me quería. Sentíamos admiración mutua. Ese tópico de que "se van los mejores" se cumple con creces en este caso. Recordándole estas últimas horas he descubierto una cadena de acontecimientos relacionada con tres amigos, él incluido: en 1998 falleció el autor linense Gabriel Baldrich, en 2010 el poeta granadino afincado en Cádiz Antonio Rodríguez Lorca y este 2012 el actor Fernando García Rimada. ¿Qué unía a los tres más allá de mi amistad? Lorca fue quien me presentó a Baldrich a raíz de una charla que este vino a dar a Cádiz. Baldrich, que conoció a Miguel Hernández y con el que llegó a publicar Versos en la guerra (junto al también desaparecido Leopoldo de Luis, con quien mantuve correspondencia) se dedicaba en los 90 a escribir obras de teatro, entre ellas una en verso titulada Un viento de pena. Esta obrita, publicada en la revista Unicornio que yo dirigía, fue llevada a los escenarios en varias ocasiones, dos de ellas de mi propia mano. Y aquí entra Fernando García Rimada, ese actor que hizo de un ninguneado Fernando el Católico en 1492, la conquista del paraíso (Ridley Scott, 1992), de un pijo marido de la Sardá en Airbag (Juanma Bajo Ulloa, 1997), que coincidió con otro gaditano, el jerezano actor Antonio Pica, en La virtud del asesino (Roberto Bodegas, 1998) y que ha dejado su testamento fílmico en mi documental Contra el tiempo (2012). García Rimada, con el que yo montaba en 1999 la obra de teatro La mordaza, de Alfonso Sastre, fue uno de los actores principales de una lectura poética de Un viento de pena en la bodega El Pimpi de Málaga y de su escenificación en un acto de homenaje a Gabriel Baldrich en La Línea, ya a principios del 2000. Rimada no conoció personalmente ni a Rodríguez Lorca ni a Baldrich, pero, sin él saberlo, estaba unido en cierta manera al primero (germen de toda la cadena) y al segundo, por supuesto, como encarnación de uno de sus personajes. La muerte se ha llevado a estos tres amigos. Y, efectivamente, hoy sopla un viento de pena…

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