Un año después de la irrupción del movimiento Me too, contra el acoso sexual a las mujeres, el Premio Nobel de la Paz ha sido para dos activistas contra las violaciones; la iraquí Nadia Murad y el congoleño Denis Mukwege. Murad fue esclavizada por el Estado Islámico en 2014 como otras 3.000 niñas y mujeres de su minoría étnica yazidí. Ahora intenta que la justicia internacional condene a los criminales del ISIS. El ginecólogo Mukwege fundó y dirige una organización que cura y ayuda a mujeres víctimas de violación o ablación. Esta decisión del Comité noruego del Nobel dignifica a un premio con discutibles nombramientos anteriores. Y también con candidaturas extravagantes.

La revista Time provocó una sacudida al anunciar que entre los 216 candidatos individuales al galardón estaba Carles Puigdemont. Sí, el huido a Waterloo. También figuraban en la lista Trump y Kim Jong-un; no es broma. Es más, Time quizá para resaltar lo pintoresco de estas nominaciones, las colocaba en su web entre las primeras citas. Hay precedentes de premios discutibles. Se lo dieron, por ejemplo, a terroristas como Menahem Begin y Yaser Arafat, o a dictadores como Anwar el-Sadat. Firmaron tratados de paz, aunque no borrasen sus responsabilidades en decenas, cientos o miles de muertes. Y premiaron a Obama sólo por las expectativas que levantaba el presidente recién elegido, sin darle tiempo a merecerlo.

Dejando al margen al dictador norcoreano y al hombre que antes de huir de España enfrentó y fracturó a la sociedad catalana, la candidatura de Trump era la perfecta antítesis de los premiados de este año. La última hazaña del presidente americano ha sido su empeño en colocar en el Tribunal Supremo de Estados Unidos de un juez acusado de abuso por varias mujeres. No es una sorpresa. En 2005 Trump presumía con un presentador de televisión sobre lo fácil que le resultaba forzar a las mujeres: "Me atraen, son como un imán, no puedo ni esperar. Si eres una celebridad, puedes hacer lo que quieras". Ajeno a toda moral y todo complejo, el candidato al Nobel de la Paz dijo en público en un mitin en Iowa en 2016 que "podría disparar a gente en la Quinta Avenida y no perdería votantes". Nos hemos ahorrado el bochorno de ver premiado al inquilino de la Casa Blanca o a cualquier otro aspirante exótico propuesto por no se sabe qué ministro o catedrático.

Por ejemplo, el secesionista catalán, cuyo nombramiento habría sido una broma.

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