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Poner bien el acento

No hay cuestión que, tratada como se merece, no sea en el fondo importante

Sería absurdamente vanidoso (valga la redundancia) decir o pensar que mi artículo sobre la tilde de "sólo" generó debate. El debate lleva trece años candente. Lo que hizo mi columna fue sumarse al debate. Algunos están a favor de las tildes y otros no y a mí me parecen bien las razones de unos y de otros e incluso el jaleo, el embrollo y la pasión en el juego. A fin de cuentas, hablamos de cómo escribir con mayor pulcritud, precisión y tal vez belleza, que son temas de una enorme trascendencia.

Por eso sí me fastidio un severo comentarista que, con aires de suficiencia, entró en la discusión para afearnos a tirios y a troyanos que discutiésemos sobre una tilde diacrítica cuando España tiene problemas más graves. Más graves… y más agudos, estuve tentado a responderle, y, por tanto, ya se ve que los acentos y sus tildes son cuestiones de rabiosa actualidad.

Preferí seguir a lo mío sin entrar a ese capote. Los temas de conversación no se cambian poniendo caras de asco a la discusión vigente, sino suscitando nuevos asuntos de interés que emanen de la cuestión, aunque nos lleven más lejos y a otro sitio. Además, resulta que no hay cuestión, que, tratada como se merece, no sea en el fondo importante.

¿Pueden la Academia o, más allá, la política decirme cómo tengo que escribir o qué puedo o no puedo decir? Siendo el lenguaje la puerta a la vida social y a la realidad y la ventana a nuestra vida interior, no hablamos de tonterías. Recordemos a Lewis Carroll que, aunque escribía para niños, no se chupaba el dedo: "Cuando yo uso una palabra -insistió Humpty Dumpty con un tono de voz más bien desdeñoso- quiere decir lo que yo quiero que diga..., ni más ni menos". "La cuestión -insistió Alicia- es si se puede hacer que las palabras signifiquen tantas cosas diferentes". "La cuestión -zanjó Humpty Dumpty- es saber quién es el que manda..., eso es todo". Cuánto nos recuerda Humpty Dampty a Pedro Sánchez diciendo aquello de la fiscalía de quién depende, eh, de quién. Pues eso, ¿de quién depende la Academia?

Tilde arriba o tilde abajo, tenemos que defender lo que consideramos justo y hermoso, y resistirnos al ordeno y mando de cualquiera. Aunque sean temas minúsculos. Léon Bloy dijo que ningún acto de amor es ridículo nunca. Tampoco lo es ninguna discusión si busca la verdad. Ni un tema de estudio ni un trabajo ni una afición ni una vocación. No hay temas pequeños para ánimos grandes.

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