Laurel y rosas

Juan Carlos Rodríguez

Una Patrona de vino, sal y vida nueva

04 de septiembre 2016 - 01:00

HASTA hace pocos años -esos mismos de la irrupción del turismo a finales de la década de los 80- el verano se ceñía en Chiclana a la temporada de playa que discurría entre dos festividades: la de San Antonio y la Virgen de los Remedios. Hasta después de la Feria no se estimaba la conveniencia -ni la necesidad- de irse a la playa. Ya no andando, ni en carros, ni en bestias, como se hizo hasta los años 60, sino en aquellos Seat 850 que, por ejemplo, mi padre llenaba -con su imponente baca repleta, por supuesto- como si nos mudáramos a la playa para no volver nunca más. Aquellas casetas de La Barrosa cuyo orden se sorteaba en el Ayuntamiento no se terminaban de colocar hasta que sonaba el último cohete que decía adiós a los "cochechoques" y anunciaba el verano. Y comenzaba entonces el feliz recuerdo de mi infancia que me acompaña aún de aquella década de los 70, en que la vida en verano se reducía a ser niño, ser feliz y jugar con las olas y los primos. Y que duraba hasta la Virgen de los Remedios, hasta ese 8 de septiembre, en el que después nadie osaba pisar de nuevo la playa hasta el año siguiente. Con la Virgen de los Remedios, con su procesión y su protección, con su bendición y su condición de Patrona, llegaba la vendimia y mi padre -como sigue haciendo hasta ahora, como tantas otras familias chiclaneras- afilaba la navaja y todos íbamos hasta la Pedrera Blanca, hasta Los Llanos, a ayudar lo poco o mucho que podíamos. El niño que fui lo recuerda como lo que es: un trabajo duro y exigente, pero también tiene la memoria de esa felicidad que rodeaba -y aún mantiene- a mi padre, y a los cooperativistas, a los viticultores, a los viñistas, cuando la cosecha de uva era buena, grande y agradecida. Yo era más de bodega, cuando la uva venía a aquella cooperativa de San Juan Bautista y me encerraba adolescente aún en la báscula y pesaba, hablaba, sentía, olía el mosto que abnegaba a la ciudad y corría por la bodega como si fuera el cercano río Iro: abundante y odorífero.

La vendimia teñía de fiesta las calles, perfumaba Chiclana de mosto y de orgullo. Es septiembre y por el imaginario popular reviven recuerdos de burros acarreando uva hasta los lagares y la pisa extinta. A diferencia de Jerez y de El Puerto, las bodegas en Chiclana forjaron el centro urbano, con lo que la ciudad al completo participaba hasta no hace mucho años de ese trajín de vendimia, que era también el mes de las alegrías y las compras que bendecía la Virgen de los Remedios. Su festividad marca -y es lo que venía a decir si tanta digresión- ese finiquito del verano, lo mismo que la vendimia. Mi padre y todos esos viñistas que se aferran a la tradición y al vino de Chiclana cortan la uva Palomino -y un poco de Moscatel, por supuesto- que la Virgen Madre y Patrona bendecirá el miércoles, junto a ese primer mosto, que simboliza, el nuevo curso, la nueva temporada.

Es la Virgen -este año en el esplendor del centenario de su patronazgo canónigo- la que marca entre los chiclaneros esa simbólica llegada de septiembre: el inicio de una nueva vida. El ciclo de la naturaleza -y la vida- que de nuevo echa a andar: un nuevo comienzo, un nuevo despertar. Lo mismo que suponía en la vida de aquella villa aún rural que era la Chiclana de los sesenta, setenta y hasta los ochenta incluidos. Ahora es otra -mejor, sin duda- pero, como en todo, los latidos de la agricultura, sus ritmos y sus calendarios, van desapareciendo. Menos en la viña -aunque ahora la superficie de viñedo sea bastante menor que hace dos o tres décadas-, y menos en la salina, que también resiste, y ahí está, por ejemplo, Bartivás erigiendo de nuevo con la sal marina virgen de sus tajos el montón, el salero, esa "pirámide de sal", que nos acompaña desde siempre como "un pajar de trigo blanco que se levanta como el casco de un navío invertido hacia el cielo azul", que escribió Alfonso Grosso. La sal se "cría" y también se "labra", que es la operación de preparar una salina para la "cosecha", y se "recolecta". El lenguaje salinero heredó también en toda la Bahía ese notorio carácter agrícola que nos marcó indeleblemente como ciudad.

La Virgen de los Remedios es de vino y sal, por tanto. Como lo era -y aún es- esta Chiclana que se despereza del verano y la hégira turística. Es ahora cuando se recoge el fruto y se celebra la dicha. "El levante es el milagro que hace cuajar la sal", escribe Grosso también en su novela póstuma "A poniente desde el Estrecho" (1990). Y la uva -el esfuerzo del viñista, su trabajo y su traidición- es el milagro que hace nacer el vino. Ya es posible que ya no se hable mientras la Virgen de los Remedios sale de nuevo a la calle de racimos, cepas, campos, bodegas, lagar y mostos a la piquera, pero ese vino contiene nuestra identidad. La Virgen también despide a otros que se van cada año y cada vez más para no volver: esas generaciones de chiclaneros que se enfrentan a la vida universitaria. Y en la maleta llevan no solo una estampa de la Patrona y un puñado de arena de La Barrosa, sino también una botellita de vino y sal marina virgen de Chiclana. Para estar más cerca, para saborear Chiclana cuando más ataque la nostalgia.

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