Su propio afán

Pasiones secretas

Las vergüenzas que el nacionalismo arropa en sus banderas son, más que nada, sus querencias

Más que para análisis políticos, los nacionalistas están para psicoanálisis. En el fondo de su subconsciente, quieren ser reaccionarios, pero como no está de moda y han crecido (es un decir) en la admiración de los logros (virtuales) de la izquierda retuercen sus razones y se buscan extrañas coberturas.

Se ha escrito mucho de cómo los fueros, por un truco de trilero en plan dónde está la bolita, dónde, pasaron a normas autonómicas y de ahí, dónde, la bolita, la bolita, a reivindicaciones soberanistas. Uno de los contados aforismos que no comparto de Gómez Dávila dice: "La patria, sin palabrería nacionalista, es solo el espacio que el individuo contempla a la redonda al ascender una colina". Curiosamente, en la España multi-pluri-nacional, la palabrería de los nacionalistas y de sus palmeros está de acuerdo con el aforismo del máximo reaccionario. Es curioso, pero no casualidad.

A mí tampoco me gusta pagar impuestos, pero lo digo. Defiendo que el liberalismo tiene razón en que, cuanto más dinero permanezca en las manos que lo ganaron, más eficiente la economía. Defiendo que el conservadurismo tiene razón en que la propiedad es garante de la libertad. Y defiendo, incluso, que el tradicionalismo tiene razón en que pasar la propiedad de padres a hijos la ennoblece con la familia, la espiritualiza con gratitudes y la embellece con la pátina del tiempo. Los nacionalistas no pueden admitir un discurso tan carca, pero odian pagar impuestos, aunque sean tan de izquierdas... Resultado: crean el "España nos roba", y dejan salir toda su vergonzante rabia neoliberal frente al fisco, pero revestida de revuelta y antiespañolismo. Les queda muy de izquierdas, aunque estén en contra de la solidaridad fiscal y acusen, cual capitalistas desatados, de mendicidad y vagancia a los menos favorecidos. El retorcimiento mental, por mucho que se estiren los silogismos, tiene que ser doloroso.

En la turismofobia hay otro trasfondo clasista. ¿No perciben la añoranza, vestida de antisistema, de las calas privadas? La playa es mía, la ciudad, mía, el campo, mío. Turistas, idos a vuestra casa, que ésta es la mía. ¡Cuánto patrimonialismo! Lo demuestran la vinculación con el nacionalismo y que la turismofobia va contra el turista que viene, no contra el turista que va, que puede ser el mismo turismofóbico de vacaciones. De vacaciones, sobre todo, de sus complejos y sus represiones inconscientes.

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