Desde mi cierro

Pedro G. / Tuero

Motes y apodos

08 de diciembre 2015 - 01:00

Sólo intento que ese lector que me encuentre en esta página y decida leerme -con todo su valor, que agradezco-, al menos no se aburra. Sé que está hasta ahí mismo de política, políticos, elecciones, mamarrachadas y de mentiras. Por eso hoy me dedico hablar de algo que creo más interesante. Y lo pienso así porque en toda nuestra historia ya sea particular o más grande si rebuscamos un poco nos daremos cuenta de que los sobrenombres, apodos o motes, lo han sobrellevado tanto los reyes como labriegos. Y en esta ciudad con lo que no acabó aquella funesta riada de hace cincuenta años fue con los apodos y los motes.

Si nos vamos al diccionario del español vemos que hace una distinción muy clara sobre lo que es uno y otro. El mote es el sobrenombre que se le da a una persona por alguna característica peculiar suya, ya sea una cualidad o condición. Mientras que el apodo lo reconoce como el nombre que suele darse a una persona, tomado de sus defectos corporales o de alguna otra circunstancia. Y yo más bien diría que es este último el más fácil de poner y el que más se lleva. Al menos por estos lares. En la historia de nuestra literatura hay muchas y variadas muestras o ejemplos de ello, así el propio don Quijote adoptó como mote "El Caballero de la Triste Figura", sobrenombre o frase representativa que adoptaban los caballeros en las justas y torneos. O el mismo Rodrigo Díaz de Vivar, conocido como "El Cid Campeador y, más reciente, ya en pleno siglo XIX, tenemos a "Fernán Caballero", aunque más bien éste no es ni mote ni apodo sino un sobrenombre o pseudónimo que, por razones que no vienen al caso, adoptó nuestra gran escritora Cecilia Böhl de Faber, ya que el pseudónimo es el nombre utilizado por una persona en un ámbito determinado especialmente por un escritor o un artista. Además de que este sobrenombre lo elige quien lo emplea. Otra cosa son los alias, que son apodos impuestos por otros ("el Greco"; Carlos II "el Hechizado"; "Juana la Loca").

Pero bueno, todo esto lo traigo aquí, a estas páginas chiclaneras, porque ésta es una ciudad muy rica en estos motes, apodos, alias o sobrenombres en general. Sólo hay que ver las esquelas mortuorias en este Diario para comprobarlo. Aquellos finados de Chiclana que en su mayoría aparecen sus nombres y apellidos acompañados por su mote o apodo, y, a veces, este detalle tan particular trasciende hasta la propia lápida de su sepultura. No hay más que darse una vueltecita por el cementerio para confirmarlo.

Un pueblo como éste que mantiene esta característica y la conserva de generación en generación, porque estos motes y apodos fueron de sus antepasados y aún hoy persisten y como tales son conocidos. Y tan curioso que hasta el mismo alcalde es poseedor de este rasgo chiclanero tan especial, porque raro es quien siendo de familia y de puro abolengo chiclanero no lo ostente, ya que en el fondo es puro regocijo o deleite para quienes lo conservan y hasta disfrutan.

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