NO por lo que se va sabiendo de los asuntos monetarios del antaño ejemplar Juan Carlos I ni por lo que ya se sabe de su yerno. A fin de cuentas, ningún sistema político está exento de la presunta corrupción de sus mandatarios. Tampoco por el nacimiento gris oscuro de la actual monarquía española, basada en una decisión personal del dictador Franco, pecado original ya lavado suficientemente con el bautismo democrático que supone una amplia mayoría política y social. Ni siquiera por lo anacrónico que resulta que esa institución sea intocable y que su más alta representación se designe no por elección sino por vía sanguínea y que, aún como en la Biblia, haya que mirar al primogénito como el idóneo sucesor.

Lo que a mi modesto entender hace de esta Monarquía un invento antidemocrático es que una persona, el futuro rey, la futura reina, las príncisas y los infantes, tengan marcado su destino personal, profesional y vital desde el momento de su nacimiento, como si hubieran sido elegidos por una mano divina y el sino hubiera caído sobre ellos como un dictamen de los dioses. Bien es verdad que no es la peor maldición que te puede caer, ni de lejos. Hay destinos infinitamente peores, pero eso no quita la injusticia de no poder plantearte con libertad qué quieres ser de mayor.

Ya sé que siempre se puede renunciar. No me cabe duda de que habría algún caso extraño, pero imaginemos que todos los actuales miembros de la familia real se tomasen esa libertad o que (las deidades encargadas del hado no lo quieran) ocurriera alguna desgracia. Habría que buscar en la línea de sucesión, y algunos nombres que aparecen en esos puestos producen de entrada algo más que resquemor. Quién sabe, igual habría que explorar en otra dinastía, volver a los Austrias…

Añadamos a esto algunos aspectos atentatorios contra el concepto actual de sociedad democrática, y más propios del 'ancien régime' : a la prevalencia del primogénito se añade la del hombre sobre la mujer y la preeminencia del modelo de matrimonio clásico, ya que se excluyen los hijos adoptivos y por supuesto los considerados 'ilegítimos': ¿quién podría imaginarse una pareja real de dos reyes homosexuales con un príncipe adoptado?

Todo esto, aun así y a despecho de las contradicciones, es perfectamente legítimo y defendible mientras la mayoría lo apoye en el Parlamento. Pero tildar de anti español al que proponga cambiar esto es injusto, como se ve.

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