Yo te digo mi verdad

Megafonías

Resulta chocante que haya que gritar a los cuatro vientos lo que cualquier animal, más o menos racional, sabe desde que nace

Los altavoces de la playa repetían, en un sábado central de agosto, avisos y advertencias que nuestras madres ya nos machacaban de pequeños, aunque los de ellas no se hacían con tanta amabilidad y sí con unos niveles inapelables de amenaza: no te pongas al sol, ponte la gorrita, ahora ya no te quites la camiseta, no te vayas tan padentro, bebe agua. Consejos ahora proclamados por gente joven para otra con edad de ser sus padres y abuelos.

Resulta chocante que haya que gritar a los cuatro vientos y con dinero público lo que cualquier animal, más o menos racional, sabe desde que nace. Alguna vez he recordado de mis tiempos de dueño de perro, que en las noches de invierno se acurrucaba sobre la manta con nosotros y en verano buscaba el frescor bajo la cama sin que nadie tuviera que recomendárselo. Pero ahí estaban esas alocuciones flotando en el aire gaditano, y doy fe de que a mí, que gozo de una espléndida herencia de melanina por parte de madre, me recordaron que debía aplicarme una conveniente capa de protector solar, vulgo bronceador.

Tal vez la evolución de la especie nos esté llevando a un grado en el que el cerebro lo tengamos colocado fuera del propio cuerpo y residiendo en una de nuestras principales creaciones, el Estado. Y desde ahí ese órgano, ya colectivo, gobernará hasta el acto de rascarse; una voz grande (que no otra cosa significa megáfono) nos aconsejará, y para que no se nos olvide: "Froten sus uñas en el lugar en que le pique".

En medio de la estupenda playa gaditana, se dejaban oír otras recomendaciones de educación y sentido cívico, que también debería ser innecesario recordar, como la de que se utilicen los contenedores de basura y (¡gracias!) que se sea comedido con el volumen de aparatos de sonido o de música. Es humillante esa especie de Gran Madre que nos grita que no nos metamos en agua tapá, pero al parecer es necesaria.

Viene bien el servicio cuando informan a un sin duda terriblemente preocupado caballero que se ha encontrado su cartera y que se encuentra en el módulo del Chato, o a la descuidada tía a la que avisan por megafonía que su sobrina de cinco años se halla junto al Hotel Playa, dejando en el aire de la duda cuál de las dos se ha perdido. Pero me pareció excesivo celo público, en la era de los móviles, cuando se utilizó la megafonía para el mensaje del día: "¡Se informa a la señora Tal que su marido la está esperando en el módulo central!".

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