Relatos de verano

Eduardo Jordá

Lugar de espinas grandes (III)

23 de agosto 2011 - 07:41

Resumen de lo publicado. Magda y Gabri son una pareja de jóvenes españoles que viajan por México a comienzos de los años 80. Deciden quedarse unas semanas en Puerto Escondido, un pueblo de pescadores en la costa del Pacífico al que sólo acuden surfistas americanos. La primera noche, en un baile, Gabri le pide a Magda que se case con él cuando regresen a casa. Magda, encantada, le contesta que sí. Al día siguiente descubren que un surfero americano que se hospedó en su misma habitación había sufrido un accidente en la playa Zicatela, famosa por sus olas peligrosas. Por la tarde deciden ir a aquella playa.

Llegamos a la playa Zicatela a eso de las seis de la tarde. Era una gran franja de arena gris que se extendía a lo largo de tres o cuatro kilómetros al sur de Puerto Escondido. La playa estaba desierta, con la excepción de un chiringuito de cañas que ocupaba una pendiente en la zona más alejada de la orilla. Magda me pidió que fuéramos a beber una cerveza.

Caminamos por la arena. La brisa nos daba en la cara y de alguna forma nos aliviaba el cansancio. Magda metía los pies en el agua y se agarraba a mi brazo. De vez en cuando tarareaba el pasodoble que habíamos bailado la noche antes. El mar estaba en calma. Mar adentro sólo había dos o tres surfistas esperando las olas.

Al llegar al chiringuito, subimos por la pendiente de arena y atravesamos una empalizada. Vimos diez o doce mesas vacías bajo un techado de hojas de palma. Al fondo había cuatro cabañas y una pequeña construcción de ladrillo de la que salía humo por una chimenea. Una mujer mayor salió a ver quién había llegado.

-¿Desean algo los señores?

-Dos Coronitas. Muy frías.

-Siéntense, hagan el favor.

Nos sentamos a una mesa que tenía una vista muy buena de la playa.

La mujer nos trajo las cervezas con una rodaja de limón metida en la boca de la botella, según la costumbre mexicana.

-Hoy tenemos tamalitos de pollo y mole costeño -dijo la mujer-. Si quieren algo, llamen nomás a la señora Justiniana. Les atenderé con mucho gusto.

Teníamos tanta sed que nos bebimos las cervezas de un trago. Magda apoyó la cabeza en el respaldo de la silla y cerró los ojos. Yo me puse a mirar la playa vacía. Frente al bar había un grupo de peñascos que salían del agua. Una gran chumbera crecía en una de aquellas rocas. Miré a Magda, que parecía haberse quedado dormida, y me sentí tan feliz que le dirigí una especie de oración silenciosa a aquel mar interminable que tenía frente a mí. Cerré los ojos y murmuré: "Quiero ser como esa chumbera solitaria que crece en las rocas. Quiero echar raíces para siempre en la mujer que ahora tengo a mi lado".

Me distrajo un ruido de arañazos que salía del suelo. Bajé la vista y vi que un armadillo se paseaba por la arena. Nunca antes había visto un armadillo vivo. Mi abuelo tenía en su escritorio dos armadillos disecados, que se había traído de Chile o de la Argentina cuando dio la vuelta al mundo en la fragata Alfonso XIII. De pequeño me fascinaba el color negro azabache de los armadillos, y la coraza que les protegía todo el cuerpo, y la cola anillada, y las patas muy cortas rematadas por unas uñas muy grandes. Una vez, cuando le hablé de los armadillos disecados de mi abuelo, Magda me dijo que yo era como un armadillo, porque siempre quería vivir protegido por una coraza y jamás me atrevía a dejar al descubierto mi corazón.

La señora Justiniana salió de la cocina.

-¡Vete ya, hueche! -gritó-. No asustes a estos señores.

El armadillo dio la vuelta y se fue hacia un agujero que había junto a la empalizada de cañas. Magda abrió los ojos y se incorporó en su silla. Durante unos segundos, maravillada, observó al armadillo que se escondía en su madriguera.

La señora del bar se acercó a nuestra mesa.

-Es el armadillo de Mario -dijo-. A esta hora le gusta salir a dar su vueltecita.

-¿Mario? -preguntó Magda.

-¿Ah, pero no sabían? Mario es el dueño del bar. Este lugar se llama El Armadillo por ese hueche que vieron. Acá a los armadillos los llamamos hueches, ¿saben?

-No hemos visto un nombre en ningún sitio -dije.

La señora Justiniana sonrió.

-Acá no necesitamos nombres. Éste es el único bar de la playa y todo el mundo sabe que se llama El Armadillo. Ya les dije que ese hueche es de Mario. Lo compró en un puesto del mercado y se lo trajo acá a vivir con él.

La señora Justiniana volvió a la cocina. Estaba empezando a oscurecer. La brisa se calmó durante un tiempo y el aire se hizo denso y sofocante. Luego el viento cambió de dirección y vi que se formaba una ola mar adentro. Era un tubo perfecto, una de esas olas circulares que los surfistas buscaban por todo el mundo durante años y años.

-Mira allí -dijo Magda.

Un surfer se había puesto en pie sobre su tabla y empezaba a cabalgar bajo la ola que rompía. El sol poniente le daba en la espalda y lo envolvía en una llamarada que iba resbalando sobre el mar. Aquel tipo quizá llevaba todo el día esperando en alta mar, flotando entre las medusas y los tiburones y los remolinos. Pero de repente había llegado la gran ola salida de ninguna parte, y durante unos segundos que nos parecieron tan largos como el día que acababa, el surfer estuvo deslizándose bajo la ola hasta que la ola rompió del todo y él se perdió entre la espuma. Pensé que aquel surfer era algo así como un rayo verde que se había hecho visible en el horizonte. Sólo Magda y yo lo vimos. No había nadie más en la playa.

Magda me miró. Sus ojos brillaban como aquella aparición incandescente que acababa de cabalgar bajo la ola.

-Gabri, prométeme que algún día tendremos hijos y los traeremos aquí.

Nunca había pensado en tener hijos. Pero miré las olas, y miré los ojos de Magda y su piel bronceada, que brillaba como las olas incandescentes, y no me pude resistir.

-Sí, claro -dije-. Tendremos dos. Niño y niña.

El surfer llegó nadando a la orilla, cogió su tabla y subió al bar. El largo pelo empapado se le pegaba a los hombros. Entró jadeando en el recinto de El Armadillo, nos dirigió una mirada rápida y se dirigió hacia una de las cabañas. Allí dejó su tabla de surf apoyada contra la pared de cañas.

-Ya llegué -dijo.

La señora Justiniana salió a la puerta de la cocina.

-Hola, Mario. Tenemos clientes.

-Ya los vi. Ahorita voy. En cuanto me seque.

El surfer se metió en la cabaña. Miré con atención la tabla de surf. Tenía unos dibujos de colores que me llamaron la atención. Me levanté y fui a inspeccionarlos de cerca.

El surfer se asomó a la puerta. Se estaba secando el pelo con una toalla.

-Es nomás una vieja tabla de surf -dijo-. Me la pintó a mano un indio de la Sierra Madre. Me ofrecieron 500 dólares por ella, pero no está en venta. Llevo usándola cinco años y aún no se quebró. Y esto es todito un récord en Zicatela. Acá una tabla dura nomás una semana. O un día.

Miré los dibujos de la tabla. Había un puercoespín pintado con los colores del arco iris. Y dos lagartos enlazados formando un corazón. Y una niña que se lanzaba al agua desde un árbol. Sin saber por qué, rocé los dibujos con la punta de los dedos, tal vez con la esperanza de que Magda y yo fuéramos tan resistentes como aquella tabla de surf.

-Te gusta, eh? -preguntó el surfer.

-Sí, mucho.

-Algún día podrás usarla. Yo te enseñaré, si quieres.

El surfer extendió la mano y me la estrechó.

-Me llamo Mario, Mario Zevallos. Pero con zeta, no con ce. Lo digo porque hay un Mario Cevallos, ingeniero, que se robó dos millones y medio de dólares de un proyecto para instalar satélites de comunicaciones. La Policía lo detuvo justo cuando lo estaban nombrando doctor honoris causa.

Y el otro Mario Zevallos, con zeta, soltó una carcajada mientras se sacudía el pelo empapado.

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