Su propio afán

La calle es nuestra

Ya podremos estar con el agua al cuello que en Berlín les dará igual, mientras no les salpiquemos

V IENDO la política española entran ganas de echarse a Lacalle, y ponerse como el famoso asesor económico del PP, Daniel Lacalle, cuando repetía en bucle ante unas declaraciones de Ábalos: "Mentira, qué mentiroso, mentiroso, mentira, qué mentira, mentira, mentiroso…" Seguro que lo han visto más de una vez y, si no y tienen curiosidad por saber cuál es mi estado de ánimo viendo a Grande-Marlaska, a Irene Montero, al presidente Sánchez y al resto, búsquenlo en internet. Sale ("Mentira, qué mentiroso…") enseguida. Lacalle es nuestra… música de fondo.

Es lo que tiene la entronización de la mentira, mentira, mentira como forma de hacer política. Desfonda el discurso del que la propala, pero deja sin sentido cualquier argumentación contraria, porque todo se difumina entre el humo, la niebla y el polvo de palabras que no significan nada y realidades que no pueden aprehenderse porque el vocabulario para ello se ha volatilizado.

En estas circunstancias hay muchos que vuelven los ojos suplicantes a Europa. Este Gobierno durará, dicen, lo que Merkel quiera; o Pablo Iglesias tiene las horas contadas porque Europa no lo permitirá; o vamos a recurrir a Europa para que desmantele el sistema de subsidios y prohíba la nueva subida de impuestos y ampare la división de poderes, y, y…

No niego que la soberanía de España con respecto a la Unión Europea, en general, y a Alemania, en particular, sea limitada. Pero yo no abrigaría esperanzas porque a Alemania, para asegurar su hegemonía, le interesa una España débil y e ineficaz. Basta con que no ponga en riesgo el proyecto europeo en el que tanto han invertido los alemanes. Y hay mucho margen entre convertirse en una amenaza para la Unión Europea y su conjunto y ser una desgracia para los españoles y nuestro Estado de Derecho. Ya podremos estar nosotros con el agua al cuello que en Bruselas y Berlín y en París les parecerá estupendamente mientras no les salpiquemos. Es lo que tiene la Unión Europea: somos socios y solidarios, pero al mismo tiempo competimos a cara de perro por la localización de las empresas y de los capitales, además de por el puro poder político, que depende del peso de cada PIB. Es una relación tan contradictoria que roza lo esquizofrénico.

Como suele ocurrir en tantos órdenes de la vida, o esto nos lo arreglamos nosotros o acabaremos en Lacalle, murmurando, rabiosos e impotentes: "Mentira, mentiroso, qué mentira…"

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