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TIENE un barco. Se llama Cataviento. Hasta el barco tiene nombre de vino bueno. Juan Carlos Gutiérrez Colosía no es un bodeguero al uso. No va inmaculadamente enchaquetado ni coge la copa como si ésta tuviera una infección… con dos deditos. A sus 70 años tiene aires como de viejo profesor universitario, pero de esos que se saben no sólo los secretos de los libros, sino también los de la vida, de los que te aparecen en clase con la camisa manchada después de comer, porque son capaces de descubrir los placeres de una berza y hasta rebañar la pringá.
Juan Carlos Gutiérrez Colosía es de los que "se las sabe toas". Desde chico fue un inconformista. Lo metieron en un colegio de interno, en Sanlúcar, y se escapó porque estaba harto de la disciplina que le imponían los hermanos maristas. Su padre, bodeguero, le dijo que si no quería estudiar…a la bodega a trabajar. Y allí lo puso a barrer, a comenzar desde abajo, como le gusta a los padres que empiecen sus hijos en los negocios familiares.
La bodega, situada al pie del río Guadalete, donde el vino recibe cada día las caricias del relente, ya la puso en marcha el abuelo y su padre siguió la estela. De José Gutiérrez Sánchez de Cos aprendió el oficio. Su padre estaba malo del estómago. No podía beber. Así que desarrolló a la perfección el sentido del olfato para saber reconocer lo bueno de lo malo. A él se pegó Juan Carlos y eso le dejó de herencia, un buen olfato, pero no sólo para oler vinos sino para los negocios, para saber adivinar por dónde iban a ir los tiros.
Su padre murió joven, tan sólo seis años después de que Juan Carlos se incorporara a la bodega. Así que el adolescente que se escapó de los maristas se vió con poco más de 20 años dirigiendo la empresa familiar.
Lo cuenta todo en su despacho, presidido por un gran cuadro del siglo XIX, de Rodríguez de Losada, un pintor de cierto prestigio.. bueno, viene en la Wikipedia. El cuadro, grande, comparte pared con dos robustas estanterías con el Espasa Calpe, esos enormes diccionarios donde estaba todo el saber del mundo antes de que este se mudara a "la nube". Sobre un trípode, un cuadro de su abuelo; y en la pared, otro cuadro, más pequeño, de su padre. Hay también un ordenador y un libro de Ken Follet, con un título significativo: "La caída de los gigantes".
A la entrada de las oficinas un coche de juguete que perteneció al rey emérito de España. Los coches antiguos son otra de sus pasiones. Aún se pasea de vez en cuando con el primero que se compró, un biscuter que todavía funciona.
Culto, conocedor de la historia, de la grande y de la que se cuenta en la barra de los bares, es de los que se ha hecho a sí mismo. Nada de "master class" y "bussines center". Lo suyo ha sido el cosqui y la pringá, darse contra la pared y así descubrir otro camino. Junto a su familia, su mujer y sus dos hijas, hace a la vez de enólogo y de gerente, de comercial, de capataz o de maestro de ceremonias para un grupo de extranjeros que alucinan cuando ven la pequeña bodega donde se guarda su brandy JuanSebastiánElcano.
En la década de los 90, cuando las grandes bodegas dejaron de comprar vino a las pequeñas para comercializarlo, tuvo que decidir entre cerrar o buscarse "las papas" por sí mismo, embotellando y vendiendo su propio vino… y allá fue. Compró una pequeña embotelladora y sacó su fino CampodeGuía.
Su gran jugada fue huir de vender el vino cuanto más barato mejor. Vio que su futuro estaba fuera de España, en los mercados exquisitos, vender poco y bueno, en vez de lo que estaban haciendo los demás, mucho y… vamo a dejarlo ahí. Gutierrez Colosía vende hoy sus vinos en Japón, Estados Unidos, Canadá y más de media Europa. Su marca está en los mejores restaurantes y en las tiendas de Pitiminí. Ya estuvo en El Bulli de Juli Soler y Ferrá Adriá y ahora en el restaurante de los Hermanos Roca, considerado el mejor del mundo. Por si fuera poco, el único dos estrellas Michelín que ha tenido Cádiz, en su historia, Aponiente, recibe a sus clientes con una copa de su fino. Intuye que el jerez va parriba y si él lo dice… ocurrirá, porque las ve venir.
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