¡Oh, Fabio!

Luis Sánchez-Moliní

lmolini@grupojoly.com

Iceta y la hora de Barcelona

La derecha quería ese imposible metafísico que era el "155 permanente" y ha terminado encontrándose con Iceta como posible presidente del Senado. Mal negocio ha hecho. El problema de Miquel es su personalidad poliédrica: nunca sabemos cómo se va a mostrar, si como gay bailongo y frívolo o como político de daga e inteligencia afiladas. Lo que sí es una evidencia difícil de ocultar (y no ha habido ningún interés en hacerlo) es que el barcelonés va a ser una de las piezas fundamentales en el proceso de negociación que se va a abrir entre el Gobierno y el independentismo catalán. Gustará más o menos, pero es lo que hay.

Por mucho que lo repitan algunos altavoces mediáticos del trifálico, Sánchez no es ningún traidor. Es un político oportunista, chulapo y ágil, sin convicciones y un gran oído para captar el runrún de la calle. La gente está harta del problema catalán y Pedro lo sabe. Nada mejor que un oso de peluche con cerebro maquiavélico como Iceta para conducir esta operación en la que, no lo duden, cambiarán algunas cosas de eso que llaman el "encaje de Cataluña en España". Al problema se le dará una patada hacia adelante y tendremos paz durante una o dos generaciones. Sánchez lo tiene todo a su favor: una mayoría amplia (aunque no suficiente), la derecha peleándose por el cetro de la oposición, Pablo Iglesias resignado a su papel de segundón (por ahora) y unos nacionalismos que han vuelto a demostrar su enorme capacidad de movilización en sus respectivos terruños.

Así las cosas, es el momento de las maniobras audaces para los que creemos que España es mucho más que la suma de una serie de territorios peseteros y lloricas. Sánchez está legitimado para intentar una nueva vía con la que solucionar el conflicto catalán, pero también, como presidente del Gobierno de todos, está obligado a proteger ese bien inmaterial que es la nación española. La presidencia del Senado de Iceta podría ser el inicio de una operación mucho más ambiciosa: el traslado de la Cámara Alta a Barcelona, algo que disgustaría a los independentistas, pero seduciría a los equidistantes. Es hora de que el Estado refuerce su presencia en Cataluña con la mudanza de una serie de instituciones de calado que hagan visible y creíble que el país es mucho más que Madrid. Ya lo han dicho Álvarez Junco y otros historiadores: el conflicto catalán tiene mucho de pugna entre las dos principales polis hispánicas. Toca alimentar a Barcelona.

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