La aldaba

Carlos Navarro Antolín

HitchensNo hablo, pero enseño mis calzoncillos

A toda guerra la acompaña, como una sombra que alumbra, la guerra del relato, las inacabables voces

20 de octubre 2023 - 00:15

A veces o casi siempre la actualidad no es actual, y nos obliga, si queremos entender algo, a enterrar las manos en la tierra, buscando las raíces de sus extravagantes flores. Israel-Palestina, como sintagma imperturbable, hunde sus orígenes a distintas profundidades, y todas ellas son necesarias para obtener una imagen fragmentada, equívoca, ambigua, pero suficiente.

Si se tiene buena voluntad y se quiere ejercitar el cerebro con cierta perspectiva, se acudirá a todas las fuentes, o al menos a las que han superado la prueba del tiempo, para sacar algo en claro. Y a veces, muchas veces, nos sentimos tan desorientados y necesitados de esperanza como Alejandro Magno, quien llegó a creer que los ríos del Punjab estaban conectados con el Nilo porque en su curso alto vio cocodrilos.

No hacen falta en nuestra búsqueda de la verdad esquiva sólo textos, sino voces. Lo humano no es puro, no es abstracto, no encaja nunca en un molde inmutable. Y a toda guerra la acompaña, como una sombra que alumbra, la guerra del relato, las inacabables voces que, cada vez más, inundan nuestras vidas vendiendo distintas versiones del mismo hecho.

Es aquí donde entra YouTube. Vete a saber por qué, de vez en cuando su algoritmo, que es como una moderna sibila, me había estado sugiriendo vídeos de Christopher Hitchens. Para quien no lo conozca, Hitchens fue lo que hemos venido a llamar, tal vez porque a muchos no les gusta que les lleven la contraria, un polemista. Una vez escuché a Hitchens replicarle a su interlocutor que le daba la desagradable impresión de ser alguien que no había leído ni una sola página de los argumentos escritos contra su postura.

Hitchens, que murió de cáncer en 2011, era una especie de Richard Dawkins imperturbable, muy conocido por su rechazo de las grandes religiones monoteístas, a las que estudió para destruirlas. Uno podía estar más o menos de acuerdo con sus tesis, pero algo destacaba siempre en sus ácidas intervenciones: sabía hablar, y sabía de lo que hablaba.

Ahora, por motivos obvios, he llegado a algunas de sus intervenciones a favor de un Estado palestino. Uno puede o no, repito, coincidir con sus ideas, pero basta escucharlo a él y a los que están en sus antípodas oratorias e intelectuales para echarlo de menos y llegar a una oscura conclusión: en este tiempo de hondas incertidumbres, tal vez lo que mueva el mundo no sea la búsqueda de la verdad, sino la búsqueda del convencimiento y del consuelo.

LA sociedad de la hipercomunicación, la hiperconectividad, el hipercontrol remoto y todos los híper que usted se pueda imaginar, incluido por supuesto aquel Hipercor de los años ochenta con el cofre del tesoro que pegaba el sirenazo cuando se abría y generaba derecho a regalo (batería de cocina, lote de productos cárnicos o turrones en temporada) se niega directamente a hablar por teléfono. Generación mute se llama. Pero hay un grado todavía peor: se niega a atender por teléfono a un cliente. Todo tiene que ser por escrito, redactado de cualquier manera por supuesto. Del vuelva usted mañana de Larra al deje por escrito lo que desea, que ya lo leeremos. Hay muchas gestiones que ya exigen directamente el uso del WhatsApp: solicitar los servicios de un fontanero, reservar una mesa en un restaurante, exponer un problema informático... Uno no tiene nada en contra de la escritura, pero sí en contra de que sea negada la mera posibilidad de hablar cuando no se trata precisamente de una charleta, sino de una gestión que se explica mejor y más rápido con el lenguaje oral que con el escrito. Entras en la página web de un Ayuntamiento y no te ofrecen un número de teléfono, sino el icono del WhatsApp. Echas de menos al robot. ¿Dónde estará el robot? “Para gestiones relacionadas con el pago de recibos, pulse uno. Para información sobre los talleres del distrito, pulse dos. Para información sobre convocatorias de plazas de peones de limpieza y otras ofertas de empleo público municipal, pulse tres. Para otras informaciones manténganse a la espera”. La mayoría nos quedamos a la espera hasta que el robot vuelve y entonces nos comunica que somos los undécimos en la cola de espera (“Usted tiene el puesto... once”) y con toda diligencia nos anuncia cuánto nos queda de suplicio (“El tiempo estimado de espera es de... nueve minutos”). La información se actualiza cada medio minuto aproximadamente de tal forma que los nueve minutos pueden pasar a ser doce y después bajar a siete. La suerte es que la banda sonora que ameniza la espera sea la del Concierto de Aranjuez con Narciso Yepes a la guitarra o cualquiera de las que suenan en el AVE antes del inicio del viaje en ese momento preciso en que el tipo que se va a sentar al otro lado del pasillo sube la maleta al estante superior y te enseña los calzoncillos con la marca escrita en mayúscula y justo a la altura de tu punto de vista. ¡Todos a escribir! Hablar es cosa de tiesos. “¿Puedo llamarte?”, hay que preguntar por escrito para no incomodar. Llamar es una agresión. No te hablo, pero te enseño mis calzoncillos. Al final todo es un torbellino de recuerdos y sensaciones. Que suene Yepes, don Narciso.

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