Flor de sal

Juan / Martín / Bermúdez

Guadalquivir

SALUDO a 2014 rindiéndole tributo al Río Grande, el río de nuestra vida, a cuya muerte asistimos en Sanlúcar dos veces al día, para ser testigos de su diario renacimiento. El Guadalquivir, aquí, nunca termina de desembocar; la marea, tan gaditana ella, se encarga de devolver una y otra vez sus aguas al terruño, penetrando a través de caños, quebradas, esteros y lucios para darle sentido a la vida, que tímida y pertinaz se afana por sobrevivir a nuestra perfidia.

Siempre me llamó la atención la historia del estuario del Guadalquivir, y recurrentemente acudo al rescate del Lago Ligustino en mis viajes por Doñana, como si su lembranza tuviera el poder de poner en su sitio al golfo tartésico que bañaba Asta Regia, cuyos pobladores ya en época cartaginense pescaban y mariscaban en las Playas de San Telmo, al sur de Jerez.

Este territorio, que pudiéramos intuir huérfano de la cultura tartésica, no sólo mantiene viva su honda raigambre agropecuaria, marítima, acuícola y salinera, sino que mantiene con finos trazos -entre albarizas y sarmientos- la esencia misma de la vida: agua, tierra, sal y sol.

Esta explosiva combinación de elementos bióticos y factores abióticos, aderezada por la concurrencia de factores geográficos que colocaron esta tierra en uno de los puntos más meridionales de Europa, propicia un ambiente telúrico que define muy bien por qué este lugar sigue siendo diferente a todo lo conocido.

Y es que no sólo lo eligen los turistas para beberse la luz y los vientos, la manzanilla y el fino que da esta tierra. Las larvas de anguila, tras eclosionar en el Mar de los Sargazos, recorren durante tres años más de seis mil kilómetros para volver a estas aguas. Las grullas que vemos en Bonanza han recorrido cinco mil kilómetros huyendo del frío nórdico de donde nacieron, y el fumarel elige cada primavera los lucios salineros para criar a su prole tras haber invernado en la calidez tropical africana.

Jamás vi tan bien contado en una película el milagro de historia natural, vida silvestre, supervivencia y pasión que sucede cada día, cada estación, en la desembocadura del Guadalquivir. Desde su nacimiento en la Sierra de Cazorla, Guadalquivir narra las peripecias de un río a través de sus moradores, y la banda sonora de la tierra sobrecoge al silencio cuando respira el venado en el bosque primitivo, para estallar de júbilo con el flamenco en Sanlúcar.

El primer largometraje de naturaleza rodado íntegramente en España tiene a nuestra provincia como privilegiado escenario, y a sus vecinos como cotizados actores. Celebren el Año Nuevo admirando al Guadalquivir; reserven su butaca y siéntanse como en casa. Lo están.

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