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VUELVO al ataque para criticar ciertas actitudes extremadamente negativas en el comportamiento nacional, ya que la detestable xenofobia, definida como el odio, la repugnancia u hostilidad hacia los extranjeros, parece inundar también a nuestra vieja Iberia, reforzada y campante en boca de sus valientes seguidores.
Hasta ahora, yo creía, inocente de mí, que el rechazo a los foráneos sólo existía en algunos países europeos, especialmente los anglosajones, ya que Inglaterra siempre se caracterizó por su notoria repugnancia contra los genéricamente calificados de "strangers", vocablo con que se identifica al desconocido, al forastero, al extranjero. No me olvido de una antigua anécdota ilustrativa de esta conducta, cuando un rico británico, viejo conocido, me contaba que, mientras conversaba con su criada, mujer mayor y muy británica, ésta le manifestó: "Señor, la culpa de todos los males que sufrimos aquí la tienen los extranjeros", dicho así, genéricamente y sin distinciones.
Lamentablemente, y no sin temor, dada mi ciudadanía española adquirida, si bien por descendencia en línea directa de un antepasado originario de Estepona, la resistencia a toda clase de forasteros ha llegado a España sin rubor. Los ejemplos son múltiples, pero me basta con citar un caso recientísimo, publicado en El País de anteayer, que debe poner en guardia a todos los españoles. En una breve crónica de J.M.Pardellas, se cuenta que nada menos que el concejal de Seguridad de Santa Cruz de Tenerife, responsable de la Policía Local, "amenazó a un vecino de la ciudad que se manifestó contra la aprobación del Plan General de Ordenación Urbana, con tirarle una piedra por ser español". Y lo peor es que la intimidación la pronunció en una tertulia radiofónica, "entre las risas del resto de contertulios", publicándola en un periódico local, donde confiesa que "si yo estoy en una manifestación e interviene un español como aquel a manipularla" (se refería al vecino en cuestión, y al hacerlo, se esforzaba por pronunciar las ces y las zetas), "porque aquel era un godo, godo, el tonicazo (pedrada) que le doy, primo…".
Si España no se conciencia de la gravedad de ese odioso defecto de los que aborrecen a los extranjeros, su población corre el riesgo de llegar emular al sheriff norteamericano de Alabama que, según cuenta hace pocos días un lector de El País (Arturo Alonso, Madrid, 17.1.010), tras examinar el cuerpo de un negro cosido a puñaladas, manifestó que era "el suicidio más cruel que he visto jamás."
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