La fractura de la sociedad catalana provocada por el procés se ha extendido a todo el cuerpo de la nación española. Ha quedado claro estos días en el Congreso de los Diputados, en los que el PSOE ha desertado definitivamente del bloque constitucionalista para liderar una variopinta y extravagante alianza de populistas, ex terroristas y sediciosos. Fue desolador ver al futuro vicepresidente del Gobierno de España, Pablo Iglesias, alabar a presos juzgados y condenados por delitos tan graves como sedición y malversación; o seguir de cerca la campaña emprendida por la izquierda para desacreditar al poder judicial, única barrera, a la vista está, de los desmanes de los independentistas catalanes; o escuchar a diputadas batasunas y de las CUP insultar al Rey y a la democracia española sin que la presidenta del Parlamento les llamase al orden, pese a que el reglamento de la Cámara lo permite. A la señora Batet le viene demasiado grande el traje de presidenta del Congreso (tercera dignidad del Estado) y debería dejar de llamar "defensa de la libertad de expresión" lo que sólo es indignidad institucional.

Probablemente España no se rompa esta legislatura. Ni siquiera un político como Sánchez lo puede lograr. Pero sí se va a agrietar su edificio político, como se ha observado ya durante el debate de investidura. La duda es cómo de anchas van a ser estas fisuras. PSOE y Podemos podrán envolverse en palabras mágicas como "progreso", "patriotismo social" o "regeneración democrática", o provocar vergüenza ajena con esa tendencia al cursilismo discursivo de Iglesias, pero nada logrará ocultar que llegan al poder gracias al apoyo de partidos que no están, como afirman, defendiendo la "pluralidad del Estado", sino directamente su disolución. Llaman federalismo y asimetría lo que pretende ser extinción y finiquito. El que va ser elegido estos días será un Gobierno rehén de la antiespaña, y esto no es un exceso verbal, sino una realidad fácilmente demostrable con la simple lectura de los periódicos.

Sánchez no es la solución, sino el problema. Ha demostrado ser un político mentiroso, cínico, ambicioso y sin escrúpulos, rodeado de un equipo de mediocres que sólo aspiran a seguir en el poder aunque para ello tengan erosionar los pilares de una monarquía democrática que ha llevado a España a las mayores cotas de bienestar de su historia. Lo grave es que la irresponsabilidad de este grupo de políticos la pagaremos todos los ciudadanos. Y esta vez, además, sin la alegría del cheque-bebé.

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