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Anteayer día de la Virgen de Guadalupe, murió don Javier Echeverría, Obispo-Prelado del Opus Dei. Siendo supernumerario de la Obra, mi primer movimiento es de pudor de dedicarle este artículo, como si estuviese poniendo a mi familia en un escaparate. Es un pudor que me sacudo de cuatro manotazos.

El primero, de san Josemaría Escrivá de Balaguer, que enseñaba, recordando una frase de su madre, que vergüenza hay que tener sólo para pecar. El segundo, de coherencia personal: yo, que tanto he hablado aquí de mis hijos y hasta de mi suegra, ¿a cuento de qué venir ahora con remilgos de hablar del que llamábamos Padre, y lo era? El tercero, es que tampoco tengo cuerpo para escribir de nada más.

Y el cuarto, que el Prelado era la cabeza de una institución de mucho peso en la Iglesia. De modo que su muerte también es una noticia pública. Ya puestos, voy a referir algo quizá improcedente. Enric González, en su libro Historias de Roma, cuenta que conoció a algunas personas de la prelatura y, asombrado de su fe y su vida, se hacía esta comparación: "Si la religión fuera el opio del pueblo, el Opus Dei sería heroína pura". No la considero improcedente por lo que pueda tener de gamberra, que me divierte, sino de vanidosa e injusta. Hay muchas instituciones y personas que no son del Opus Dei y se toman la religión con la seriedad y el compromiso máximos a los que alude la aguda comparación de Enric González, que no tiene fe, pero la sabe ver muy bien. Es, con todo, una frase que uso interiormente para recordarme la alta exigencia del lugar en el que estoy. Y que ahora me sirve para que comprendamos que con el Prelado ha muerto la persona que dirigía una institución muy importante dentro de la Iglesia; y más, si cabe, en estos años turbulentos que vivimos, donde todos tendremos que dar el do de pecho.

Don Javier lo dio. Desde muy joven estuvo al lado del fundador de la Obra, y luego del primer sucesor, del beato Álvaro del Portillo. Hizo de su vida un modelo constante de fidelidad a ambos y de amor a la Virgen, y con ello nos ha dejado un ejemplo y un camino. Ahora el Opus Dei tiene que escoger un nuevo prelado que ya no pertenecerá, por razones generacionales, al círculo de los más estrechos colaboradores del fundador. Resultará un salto inevitable, pero vertiginoso. La humildad y la firmeza de don Javier serán una guía segura, con su recuerdo aquí y su intercesión siempre.

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