Confabulario
Manuel Gregorio González
Un viejo principio
EL seguimiento de la huelga general de ayer fue inferior al de la huelga general de marzo, que a su vez había sido menor que el de la convocada contra el Gobierno anterior. Por el contrario, las manifestaciones resultaron más masivas. Eso parece indicar que ahora hay más malestar social, pero no se traduce en más apoyo a la convocatoria de los sindicatos.
Dos datos avalan la hipótesis de que el 14-N ha tenido menos éxito que las huelgas anteriores. Uno, que las centrales sindicales convocantes han ofrecido cifras de participación más bajas. Dos, y más relevante, que el consumo de energía ha caído menos que en las anteriores ocasiones. El indicador que maneja Economistas contra la crisis -que mide la evolución de la demanda eléctrica imputable a la actividad productiva, pero teniendo en cuenta el factor estacional- habla de una adhesión al paro del 59,5% frente al 87,6% durante el 29-M y el 68% durante la huelga de hace dos años contra Zapatero.
Sin embargo, ya digo, a la calle ha salido mucha más gente que nunca. Por varias razones. La fundamental, porque los españoles están más cabreados que jamás antes con los recortes, el empobrecimiento colectivo y la austeridad sin horizonte que sufren. También porque parados y pensionistas, que están en primera línea del sacrificio, no pueden hacer huelga pero sí pueden manifestarse; porque los trabajadores en activo que paran son malmirados, siempre, por sus empresarios; porque la huelga cuesta dinero a quienes la secundan, y porque las cúpulas sindicales que la convocan viven un proceso creciente de desprestigio que no parecen dispuestas a afrontar.
Esta huelga general ha sido una llamada de atención al Gobierno... y un ultimátum a los sindicatos. Posiblemente lo desoigan, engolfados con el carácter multitudinario de las manifestaciones, embelesados ante el componente épico de la huelga general política que protagonizan y desatentos, en cambio, a la mengua de auténticos huelguistas en cada convocatoria. Y escribo auténticos con toda intención: huelguistas fueron todos aquellos que por su propia voluntad y convencimiento dejaron su puesto de trabajo arrostrando dificultades, asumiendo posibles represalias y padeciendo un mordisco en su nómina. En cambio, contabilizar como huelguistas a los que pararon por miedo o coacción, a los comerciantes que echaban las persianas al paso de los piquetes para subirlas en cuanto los piquetes se marchaban y a los que no pudieron llegar al trabajo porque no hubo transporte público, es una forma como otra cualquiera de autoengañarse sobre la dimensión de la huelga.
El problema de las huelgas generales es que después de ellas no queda nada más radical. ¿Qué van a hacer? ¿Convocar otra?
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