Conseguidores

16 de febrero 2016 - 01:00

QUIZÁS aprendamos de este tiempo tan gris, que los políticos tienen que tener formación, buenos sueldos y no perpetuarse más de ocho años en el poder. Que los partidos políticos no pueden ser agencias de colocación que encubran sus propias malas artes. Que sólo la cultura y el esfuerzo generan una sociedad próspera y responsable.

Ni el aceite de oliva, ni el jamón ibérico, ni el vino, ni los toros de lidia. Lo que nos define como españoles a día de hoy es la figura del conseguidor, también conocido como intermediario, comisionista o corredor. Ha sido el elemento indispensable en cualquier operación transaccional en España durante los últimos veinte años. Cuando digo España incluyo a Cataluña que conoce como nadie el tres por ciento.

La virtud de esta figura clave de la economía no es otra que el conocimiento, la capacidad de poner en contacto a fulano con mengano. Ni expone un céntimo, ni fabrica, ni siembra, ni construye, ni compra, ni vende, ni explota, ni distribuye. El corredor "conoce" a quien hay que vender o comprar. Tiene contactos, relaciones, nombres propios sin los cuales es imposible estar en el mercado.

No hay caso de corrupción que se precie que no tenga a su corredor enriquecido gracias a su pícaro oficio. La mayoría son vulgares. Cada cual con su particular estilo de celebrar las operaciones. Unos invitaban al puticlub al cerrar la operación, otros regalaban carteras de Ubrique, había quien descorchaba en los restaurantes más selectos vinos carísimos, alguno ofrecía entradas de toros imposibles de conseguir, y tantas otras cosas que alimentan la vanidad de la gente pobre con dinero.

Del hermano de Alfonso Guerra a Correa, del Turronero a Urdangarín, de Guerrero a Granados o a la familia Pujol en pleno. Todos con sus contactos, sus influencias, sus intereses creados, que diría Benavente. Unos jugando al monopoli, otros propiciando contratos públicos sin concurso, todos vendiendo humo y expoliando las arcas públicas.

De todas esas operaciones vergonzantes quedan edificios inútiles concebidos para que el dinero se perdiese, ciudades fantasmas en medio de la nada, fealdades que se caen, y sobre todo la ruina moral de un sistema que va llenando los banquillos de los Juzgados de toda España. Y es que el empresario tramposo, el político corrupto y el conseguidor son las tres cabezas de Argos, el perro que Dante puso a guardar el círculo de la insaciable gula.

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