Crónica personal
Pilar Cernuda
Pedro Sánchez de rebajas
Leo la publicidad de una universidad que se jacta de hablar sólo de "Business"; no ponen tilde en "sólo". Entiendo su mensaje, "Haga como yo, no se meta usté en políticas"; estando donde hay que estar de forma natural (que en lo íntimo es porque Dios quiere, y a ti no), ¿para qué perder tiempo en cosas de fracasados?
Pienso en el montón de tías feministas (malcriadas abortistas borrachas) a las que he dado clase y que son médicas, abogadas, profesoras, periodistas, mujeres con todas sus circunstancias, y me cuesta creer que los discursos de Ayuso no merezcan el vómito (de ideas) mayor que arrojar se pudiera sobre alguien; por contra, los veo enteros y hay entusiasmo y aclamación popular, desde el inicio con su ironía sobre la "perspectiva de género ecorresiliente empoderada", los ataques crueles a sus compañeros en retiro, reivindicando la Cultura frente a quienes construyen un país de rencorosos y perdedores (la suya vence), no al nacionalismo, no al populismo, no al comunismo, no a la fábrica que diseña una sociedad acomplejada sino a la que se crece como el toro en el castigo (¿dónde vive esta señora?), y se abandera representando a quien quiera ser libre (yo amo la esclavitud, menos mal), una retahíla de "Quieros" sin fin construida así propagandísticamente para su postulación como sátrapa autoritaria sin alternativa, yo o la destrucción (sin egos ni rencores, dice), con hierbas del estío cabeceando de fondo transmitiendo armonía en una gran pantalla.
Retóricamente, sin la tramoya, la parafernalia, el público preconvencido y la regiduría señalando cuándo aplaudir, no pasa de discurso de bachillerato, pero alguien la ha convencido (y los hechos se lo ratifican) de su destino único en lo universal, o cae o nos aplasta, no cabe otra. La veo mirándose al espejo, creo que dice lo que ve, su discurso la describe con exactitud a ella y a sus fanáticos liberadores.
Después oigo a ese vicepresidente de Castilla y León, a quien el partido de Ayuso ha colocado, hablando como recién salido de un confesionario con Marcial Maciel y procuro la paciencia con mis amistades conservadoras, que me aseguran que estoy paranoico y que todo eso que oigo es anécdotico, y me imagino riéndome en Berlín, en 1935, llamándome Fulanostein, con un colega recién ocupando su escaño pidiéndome tranquilidad.
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