Disculpen el ejercicio de nostalgia cuando es el verano, decididamente, la estación idónea para planear el futuro. Propósitos para el nuevo curso, próximos viajes cuando, todavía, ni siquiera hemos desempacado de la última escapada... Por eso, les pido perdón de antemano por el ramalazo melancólico que azota hoy mi solana. Y es que desde que empezó el estío no dejo de acordarme de mi cine de verano, insustituible, irremplazable y que deja a las iniciativas del patio de la casa del Niño Jesús y de la playa de la Victoria como maltrechas malas copias de un todo a cien, como una malograda marca blanca que, ni por casualidad, tiene el aroma o el sabor del original. Pero no voy a revolcarme, melosa, en lo que creo que fue y que, seguro, no era. Así que sólo diré que mi cine, que estaba en mi calle, cuando en mi calle había más jeringas que mesas, me hizo soñar un futuro. ¿Y no es acaso el verano la mejor época para soñar?

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