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HAN pasado tres días desde la incorporación de Filipinas al reducido grupo de países habitados por más de cien millones de personas. Hablando en términos demográficos hay un 'G12' en el que las respectivas economías se dan tantos codazos como los que quizá se puedan ver dentro de unas semanas en la meta de la Vuelta por ocupar el primer lugar. India ya ha sobrepasado a Japón en la lucha por el tercer puesto según algunos. Otros en cambio dicen que aunque es inevitable, los indios, no los de las plumas sino los de las castas según el lenguaje popularizado por Pablo Iglesias, aún necesitarán unos añitos más. Ellos sí que pueden.
India y Filipinas rivalizan por tener más población más joven y más dispuesta a trabajar. Entiéndase, a trabajar más por menos. Eso es lo que no tiene Japón, gente joven, y lo que falta en Estados Unidos y, también, en la Unión Europea. En todas las escuelas de negocio se describe el disponer de mucha mano de obra muy joven y barata como una situación ideal. Lo llaman dividendo demográfico, creo. Y vale para esta vida y para cualquier otra que nos espere después de la muerte: la Iglesia Católica ha dicho que el nacimiento del niño cien millones es una bendición y es bueno para la economía. Si el clero predica un mensaje parecido al de estos analistas, entonces es que el cielo no debe de ser un lugar tan bueno como nos lo habían pintado. Mal negocio, excepto para unos pocos. Ya solo con que haya que pagar la luz, cada mes, durante una eternidad...
Hemos elegido a cien niños como la centena primera del millón ciento uno. En Filipinas nace un niño cada veinte segundos. Eso quiere decir que a cierta hora del pasado domingo nació el niño cien millones y cinco minutos después la cuenta ya iba por cien millones quince y así. Los cien recién nacidos han recibido unos cien euros en productos.
P.D. Y todos les hemos dado la bienvenida. Sin embargo hemos tenido que despedir aquí a tres filipinos, seis españoles allí en las tragedias aéreas ocurridas desde la última carta.
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