cuchillo sin filo

Francisco Correal

Cautivo y desarmado

CAUTIVO y desarmado. No te acuestes sin escuchar una nueva tontería. ¿Alguien cree en su sano juicio que quien planeó la más sanguinaria de las masacres ha estado alguna vez desarmado? Ese hombre era en sí mismo un arma, una máquina de idear maneras de matar en nombre de los más ridículos pretextos. Pero como su objetivo fundamental, y más certero, eran los Estados Unidos de América, ahora en su martirologio goza de cierta reputación de viejecito del Imserso al que le han dejado sin su último viaje a Kandahar.

Decía Sabato de sí mismo que dejar la ciencia por las ficciones era como una buena ama de casa que abandonara sus quehaceres domésticos para entregarse a la droga y a la prostitución. No es necesaria esa metamorfosis. No hay ficción más sublimada que la actualidad ni oficio más ficticio que el periodismo. Un día después de que beatificaran a Juan Pablo II en Roma, un comando norteamericano acababa con la vida de Osama ben Laden. Dos cadáveres alineados uno junto al otro en la pira de la notoriedad. En Roma se recordaba la figura del polaco hercúleo que consiguió derribar el Muro de Berlín. Cerca de Islamabad acababan con el millonario saudí que convirtió en juego de niños la guerra fría y empezó a levantar muros invisibles mucho más rocosos que el telón de acero.

Iban por Gadafi y acabaron con Ben Laden. Asesinato extrajudicial. Lo ha dicho Gaspar Llamazares y lo comparte buena parte del paleoprogresismo patrio. En la medida en que la captura de Ben Laden forma parte de una estrategia desencadenada por el atentado de las Torres Gemelas que generó la guerra buena de Afganistán y la guerra mala de Iraq en la que nos metió Aznar, esta participación alícuota no descarta que en un futuro los jueces Pedraz o Garzón pidan la personación de los vecinos de la mansión en la que vivía Ben Laden para imputar ante la Corte Internacional a quien dio la orden y a quienes apretaron el gatillo.

Todos los que trabajaban en las Torres Gemelas de Nueva York estaban desarmados cuando los aviones secuestrados por los sicarios del Mal hicieron que esos dos gigantes se arrodillaran y se convirtieran en puro polvo, gólgota urbano. Ben Laden mataba cuando hablaba, cuando pensaba, cuando respiraba. Que se refute la acción por otro tipo de consideraciones (la apropiación indebida del nombre de Jerónimo, por ejemplo), no porque la víctima estaba desarmada. La muerte visitó a quien con la muerte siempre jugó en el tablero de la infamia. Llegan tiquismiquis y plañideras que por ajustarse a la ceremonia de Roma propondrán la beatificación de ese terror con barba y chilaba. Hosanna para Osama.

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