Catalanismo catalítico

Antes el catalanismo era una fuerza, una función y una ficción, pero ahora es un bluf

Oíaen la radio a un catalán catedrático de economía decir que el proceso independentista había sido un fiasco y tal, sí, pero que lo de los presos y cual tampoco, y que, por tanto, había que volver a negociar … ¡un estatuto, más financiación y potenciar la lengua catalana! Mucho antes de racionalizar una respuesta, sentí que eran planteamientos zombis. El catalanismo es la víctima más rematada del procés: ha quedado catalítico.

Antes vendía una fuerza, una función y una ficción. La fuerza de contribuir, con una lealtad rentable, eso sí, a la gobernabilidad. Pero esa fuerza iba lanzada al golpe de Estado y a reventar la democracia española desde dentro. Su supuesta función era lograr el encaje de los nacionalistas y aplacar a los independentistas. Todos hemos visto que no aplacaba sino que empujaba. ¿Cómo recuperaría ahora su prestigio moral y político? Se nos antoja imposible. El procés se ha llevado por delante, a pesar de Ortega y Gasset, con lo que es Ortega y Gasset, la conllevancia.

La ficción fue que el catalanismo representaba a Cataluña y era Cataluña. Han provocado una reacción de la Cataluña no nacionalista, que podía callar ante los aires de superioridad del catalanismo, pero que no ha querido aguantar el tornado del independentismo. Ya nunca más el catalanismo podrá envolverse en la bandera de todos los catalanes ni de Cataluña. Con la precisión matemática de los símbolos, han escogido, fíjense, una nueva bandera, la estrellada, porque los nacionalistas y los catalanistas han perdido la auténtica señera. Así que la senyera ha salido ganando de todo esto.

Es muy significativo cómo un catalán antinacionalista como Arcadi Espada (en la presentación de Contra Catalunya), un independentista (recién desengañado) como Bernat Dedéu (en una entrevista en El Confidencial) y un inteligente equidistante o tercerista como Jordi Amat (en una entrevista El Mundo) coinciden en diagnosticar, con más o menos alegría o desconcierto, el bluf del catalanismo. Los tres, juntos ahí.

Reconstruir el catalanismo es, pese al catedrático radiofónico, un ejercicio melancólico, inútil, aunque tentador para salir de este atolladero, como cualquier marcha atrás. La salida, sin embargo, será la marcha adelante o no será. La Cataluña no catalanista tiene que meter la cuarta. Porque nunca lo han hecho -están a estrenar-, porque son los inocentes de este lío y porque, encima, son más.

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