La Carta robada

La de problemas que consideramos irremediables empieza a resultar un problema (casi) irremediable

Con el llamado «problema catalán», pasa lo del cuento de Edgar Allan Poe «La carta robada». Con la peculiaridad de que aquí la robada es la Magna. En el relato, aquella carta que afanosamente buscaba la policía estaba escondida en el lugar más visible del salón, y enmarcada, incluso. A nadie se le había ocurrido que se pudiese esconder algo exponiéndolo a la vista de todos y, por tanto, no daban con ella ni a la de tres. La invisibilidad de lo obvio.

La solución al problema catalán está igualmente expuesta con toda solemnidad en el artículo 1 de la Carta Magna, donde reza que la soberanía nacional reside en el pueblo español. La solución de Cataluña se llama y es España, ni siquiera Constitución, porque ésta no hace más que enmarcar la más evidente solución.

Sin embargo, ¿no es verdad que se ha ido dejando todo el protagonismo de una parcela vital de esa soberanía común a una única región, más compartimento estanco que comunidad autónoma? Pero una canción de -precisamente- Joan Manuel Serrat tiene un par de versos con los que estoy en radical desacuerdo. Cantan: «Nunca es triste la verdad/ lo que no tiene es remedio». ¿No es lo contrario? La verdad puede ser triste, pero casi siempre remediable, si uno se pone. La cantidad de problemas que consideramos irremediables empieza a resultar un problema (casi) irremediable. Saquen cuentas: la crisis demográfica, el modelo productivo, la deuda pública, la calidad de la enseñanza, la conllevancia con el nacionalismo, la violencia callejera, el paro juvenil…

Hay soluciones, sin embargo, y quien más claro ha visto la única que tiene el problema que nos ocupa ha sido el núcleo de abstencionistas catalanes. Saben (inconscientemente) que la única solución posible al juego de Cataluña será la carta de España. Por eso votan en las elecciones nacionales, pero no en las autonómicas. ¿No nos recuerdan así a gritos (callados) que la soberanía es nacional y que la salida tiene que venir de la sede de la soberanía, que es el parlamento español, y que, si no, no vendrá jamás; y para qué tomarse entonces la molestia? El pueblo llano está dando una lección magistral a los próceres de la nación, empeñados en dejar el problema del nacionalismo a los que lo sufren, como si no existiese solidaridad compartida. Los abstencionistas se resisten a que les echen sobre las espaldas -ya tienen bastante con el problema- la búsqueda de la solución.

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