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Cada año es más difícil afrontar una Navidad en calma. La crispación se ha adueñado de la sociedad y ni estas señaladas fechas parecen tener ya la panacea de ofrecer una tregua, aunque ésta sea sinónimo de falserío con todo el mundo dándose abrazos y felicitándose. En el tiempo de la esperanza cunde el hastío y el pesimismo. En el tiempo de la buena nueva, no hay mesías real que traiga cordura ya no digo al mundo, si no al entorno más cercano. En el tiempo de compartir (aunque debería ser obligado hacerlo todo el año), nos volvemos más acaparadores y consumistas que nunca. En el tiempo en el que celebramos la llegada de un bien nacido, los malnacidos alteran nuestros pulsos y nos desgarran el alma. 2018 años después conmemoramos un nacimiento y deseamos el renacimiento de la sensatez, la paz, el diálogo, la bondad, la confianza. Es lo único que nos queda a los ilusos.
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