Con la venia

fERNANDO / SANTIAGO

Barrabasadas

CÁDIZ es El Silencio de los Corderos. Aquí la gente se moviliza por el Carnaval, la Semana Santa y el Cádiz. Del resto de asuntos, lo que digan los que mandan, sean del PSOE o del PP. Puede que reaccionen algunos cuando les toca la cartera y entonces nos exigen que seamos solidarios. Conseguidos sus objetivos vuelven a las Tres Cés del Cádiz Profundo. A la gente le da igual ocho que ochenta. Lo mismo callan cuando se destroza el Casco Antiguo (Hotel Atlántico, pérgola de Santa Bárbara, bloques en la muralla) que son capaces de formar la tremolina porque un paso de Semana Santa salga sin maniguetas. Qué escándalo, se pierden las tradiciones gaditanas, se copia a Sevilla. Eso sí, si en Sevilla nos arrebatan una Zona Franca o quieren dragar el río Guadalquivir para quitarnos cruceros, la mayoría permanecen callados y ajenos, pendientes de si el Cádiz le gana al UCAM o al Cacereño, si el Nazareno pasa por la calle Botica o el maravilloso pasodoble de Los Millonarios. Eso es lo que importa en Cádiz.

La ciudad permaneció callada mientras la Autoridad Portuaria perpetraba el disparate de la nueva terminal. Con la Reina Sofía sin ocupar y con La Cabezuela vacía y sin conexión ferroviaria, Rafael Barra se compró un juego de ingeniería de Lego para preparar su gran obra: una terminal en el Dique de Levante, junto a la canal de acceso al interior de la Bahía .Con tal objetivo se hicieron los estudios de impacto ambiental y arqueológicos convenientes que luego se demostraron equivocados. Los sindicatos callaron, el Ayuntamiento del PP ofreció adhesión, el PSOE dio su apoyo entusiasta. Nadie reparó en que la ubicación de la nueva terminal en el extremo de la ciudad era un disparate e incluso en que había muelles desocupados en la misma dársena comercial, que había otros lugares mejores para el desarrollo portuario, que el flujo de tráfico de contenedores previstos no justificaba esa inversión, que tenía repercusiones ambientales y arqueológicas como el paso del tiempo demostró. La oposición y los ecologistas callaron y el resto aplaudió, salvo un extravagante y racional suizo, Marc Brugnard, que resultaba molesto para los políticos gaditanos al señalar que el Rey estaba desnudo pero que no se arredró para denunciar la barrabasada. Ahora que la Comisión Europea ve el proyecto una locura y el Gobierno de España lo retira para ver si encuentra alguna explicación, la mayoría se escandaliza. El PSOE nombró a un supuesto gestor, y ya se ve el resultado.

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