Dicen que Franco enviaba al motorista con un sobre para comunicarle a los ministros que prescindía de sus servicios. A Pedro Sánchez le bastó con medio minuto, el mismo tiempo que le concedió Joe Biden durante su fugaz encuentro, para despedirse de un buen puñado de los suyos por teléfono. Más que una crisis de Gobierno, Sánchez aprobó una automoción de censura al cargarse a siete ministros de una misma tacada incluyendo en el lote a ese gran mercenario de la política que fue su jefe de gabinete. Ni siquiera tuvo el gesto de distinguir entre este último asesor y sus escuderos más fieles, como el desencantado Ábalos, al que sólo le faltó regalarle su propia sangre. El presidente no hizo prisioneros y cambió hasta de portavoz del Gobierno para admitir, en el fondo, que su gestión fue un desastre.

Kichi también se reprobó a sí mismo y le dio la vuelta a su gobierno como un calcetín. Hoy sólo sobrevive Ana Fernández de aquel sarampión revolucionario que conquistó San Juan de Dios en 2015. Por el camino se quedaron González Bouza, 'el Adri' (Martínez de Pinillos), Ana Camelo, María Romay, Laura Jiménez y David Navarro, al que no se llegó a liquidar personalmente, aunque le invitaría a coger la puerta por la vía de los hechos. A Navarro le pasó como a Iván Redondo, pasó de teniente de alcalde plenipotenciario -el único que le hacía sombra a Martín Vila- a tener menos fuerza que el puchero del hospital. El lugarteniente de Kichi era el menos dogmático de todos y al menos le echó más horas que un mulo prestao a sus distintas tareas, pero cómo terminaron sus compañeros al frente de los funcionarios de la ciudad de Cádiz es uno de esos misterios cósmicos sólo comparables a la materia oscura. Nadie pone en duda que quieran a Cádiz a su manera, esa manera tan parecida a la que tienen las tribus más primitivas de la selva amazónica de quererse con locura, pero su capacidad para la gestión era directamente proporcional a la de poner de los nervios al mismísimo Kichi.

El alcalde de Cádiz hizo historia con el peor equipo de la historia y sabía que necesitaba un gobierno mucho más sólido para este mandato, en el que gobierna con manos libres y no puede eludir su responsabilidad. Lo que ni en sus mejores sueños imaginó es que tendría por delante una playa, con la oposición entregada a su suerte. Ni está, ni se le espera. Sus dirigentes no sólo actúan como si desconocieran su oficio, es que no muestran colmillo. Al alcalde, bajo este escenario idílico, lo único que le hunde en la miseria es la certeza de que no puede cambiar la vida de la gente, como prometió con tanta alegría.

Cada vez que un vecino se acerca a pedirle algo le invade la frustración, aunque esto no le impida pilotar la ciudad con una sola mano al volante y un mojito en la otra. Kichi, como tantos alcaldes, ya no necesita ni partido ni falta que le hace. Ahora le vale con un relato de corte andalucista. Las formaciones le incomodan tanto como los despachos y la moqueta. Lo que le pone es sostener una buena pancarta antes que firmar decretos. Adelante Cádiz, desde que se divorció de Podemos, aún no dispone de sede, ni parece tener prisa porque ya pasa de las asambleas. Lo que diga la gente apenas importa, como al bipartidismo. Han jubilado a los emblemáticos círculos con la misma frialdad con que Sánchez mató a medio equipo, pero sin una triste nota de guasap, un sobre, una llamada...

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