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Arte y ceguera

Entre las preocupaciones del señor Artigau no se encuentra el respeto a la democracia

Ya se sabe, en la noche del Nadal, el señor Artigau habló de presos políticos y gobiernos en el exilio, sin renunciar, eso sí, a un premio que lleva el nombre de Josep Pla, un catalán muy poco catalanista y en absoluto dado a la lírica doctrinal. Esto de los artistas metidos a opinantes ya lo había practicado Ai Weiwei, referido a los presos indepes, mostrando una comprensible ignorancia sobre lo que significa vivir en democracia; y antes que él, Noam Chomsky y Vigo Mortensen, quien pasó de ser Aragonr (¡Aragonr, ni más ni menos!) en El Señor de los Anillos, a abanderar el Orco xenófobo e insurrecto. Todo lo cual nos ilustra sobre algo que ya sabíamos: la cultura nunca ha sido un freno a la majadería y la barbarie.

Este asunto lo explicaba muy bien herr Martin Heidegger, cuando decía que "el hombre necesita un dios" (si lo sabría él, que paseó su robusta humanidad por la Selva Negra, vestido con la camisa parda de las juventudes nazis). Y es esta necesidad de origen la que orienta luego las acciones humanas. Según podemos colegir, el dios del señor Artigau es el mismo dios autoritario, xenófobo y determinista que mueve el pecho de don Quim Torra, primer mandatario racista de Europa tras la II Guerra Mundial. Pero a esta anécdota menor podríamos añadirle muchísimas otras: por ejemplo la defensa del estalinismo de Sartre, el antisemitismo de Céline y Drieu La Rochelle, el entusiasmo de Foucault por el régimen de los ayatolás, mientras que Francia le parecía una cárcel intolerable, tumba de todas las libertades… Y así hasta remontarnos, por ejemplo, a Rousseau, que moldeó la educación europea durante dos siglos, gracias a su Eloísa, pero luego enviaba a sus hijos a la inclusa. De donde se deduce que a los intelectuales no hay que hacerles demasiado caso; o al menos, no tanto como para olvidar que son meros hombres, movidos por la pasión, el miedo y los prejuicios.

Hasta el momento, desconocemos la talla intelectual o el virtuosismo literario del señor Artigau. Sí podemos adelantar, no obstante, que entre sus preocupaciones no se encuentra el respeto a la democracia. En el binomio "república catalana", nuestros repúblicos cantonalistas se inclinan más hacia la parte que linda con la barretina, el volkgeist y el ADN. Es decir, a todo ese discurso romántico, obrado contra la "libertad, igualdad y fraternidad" del Setecientos. Aun así, no sabemos si el cura Santa Cruz, gerifalte de antaño, reconocería como suyos a estos nuevos carlistas.

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