Su propio afán

Ardua mediocritas

¡Cómo han bajado los brazos quienes deberían sostener la dignidad de todos por nacimiento o posición!

En mi adolescencia jugué al balonmano medio bien y al futbito medio fatal. De ambos deportes guardaba un recuerdo que pensaba intrascendente y es esencial. A veces era el mejor jugador de mi equipo. Lo que sólo ocurría cuando perdíamos o, mejor dicho, cuando nos apalizaban. Si el equipo jugaba bien o regular, yo era, como máximo, un mínimo incordio a la inspiración de mis compañeros. Todavía recuerdo -veo- inalcanzables (para mí) goles perfectos de Joaquín Barbadillo, de Diego Joly y de Jaime Rodríguez Guerrero en balonmano y de Íñigo Pérez-Barbadillo y de Carlos Campoy en futbito. Pero sí perdíamos no me daba por vencido y hasta quizá me crecía un poco. El resultado adverso terminaba siendo digno.

No le daba importancia al recuerdo. No era, precisamente, el triunfo de la voluntad, sino el maltrecho pundonor ibérico, y ya. Pero he mirado alrededor y me he dado cuenta de que es la actitud que exige nuestro tiempo. ¡Cómo han bajado los brazos quienes deberían sostener la dignidad de todos por nacimiento o posición! Observo la trayectoria de Urdangarín, y no sólo en la suya concreta; o a todo un Primer Ministro de Inglaterra haciendo el bobo en unas fiestas innecesarias; o a la ministra de las cosas chulísimas… No halla uno cosa en la que poner los ojos que no sea un recordatorio del agachonamiento general.

Lo que trae de inmediato a la memoria a Antonio Machado: "Qué difícil es/ cuando todo baja/ no bajar también". Ojo, que la copla tiene implícito un mensaje de combate, que explicitó Jünger o porque se lo oyó a un amigo, como cuenta, o porque le ocurrió a él y se inventó al amigo para no darse aires. Decía que cuando baja la marea en la playa la roca invisible bajo el agua, al mantenerse firme en su sitio y en su altura, sobresale y sobresale más hasta convertirse en un promontorio.

¡Qué propósito: hincar los pies! No resignarse a vaciarse con todo lo demás. Con el paradójico orgullo de saber que, aunque uno sea, en condiciones de marea media o de juego correcto o de naciones sanas, de una altura insignificante, en las actuales circunstancias se puede ofrecer como un referente del paisaje, como un recordatorio de lo que fuimos, como una fortaleza que no se deja arrastrar como la arena y las aguas. La aurea mediocritas de los clásicos en la postmodernidad se ha convertido en una ardua mediocritas, sí, pero nunca como ahora la excelencia estuvo al alcance de tantos.

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