Crónica personal
Pilar Cernuda
Pedro Sánchez de rebajas
Almáciga es una palabra, además de hermosa, procedente del árabe español y propia del arte de cultivar la huerta en el que tanto nos aportaron los naturales de Al-Ándalus.
Alberca, acequia, alcauciles, amocafre y tantos otros vocablos que siguen usándose hoy en el lenguaje popular y ordinario, al menos en nuestra tierra. Algunas como almáciga se están perdiendo, por su poco uso, ya no son necesarias, lo mismo que ha desaparecido el hortelano tradicional que regaba su huerta con agua de la alberca que se había sacado con la noria de un pozo artesano, normalmente circular, poco profundo y grande de diámetro.
La almáciga era fundamental para la huerta y el hortelano, de ella dependía, en buena parte, la calidad y producción del fértil suelo de regadío y los éxitos y beneficios del huertano.
El diccionario de la Real Academia Española define la palabra almáciga como: lugar donde se siembran y crían los vegetales que luego han de trasplantarse. Eran unos semilleros especiales, para los que cada buen agricultor profesional tenía su propio librito. Los mejores tomates, los pimientos más grandes, las berenjenas mas hermosas se iban escogiendo durante la cosecha, para sementera. Había que lavar bien las simientes, con bastante agua, solo se escogían las mas pesadas, las que se depositaban en el fondo del recipiente que se utilizaba para lavar. Se secaban, primero al sol mas directo y luego unos días a la sombra y para conservarlas en condiciones había que preservarlas bien de la humedad, normalmente se utilizaban envases de lata o de vidrio que se tapaban lo mejor posible y se depositaban en la parte mas fresca de la casa o del cuarto de aperos.
La palabra que estamos desarrollando, proviene del árabe clásico masqâh, que significa depósito de agua. No se con certeza si esa es la razón de que el lugar preferido para situar estas primeras plantaciones era utilizando uno de los muros de la alberca y siempre cerca de la sombra de algún árbol de gran porte, que se alimentaba del agua y el frescor de las tierras cercanas a ese depósito de agua, que seguro tendría infinidad de filtraciones. Por eso una gran morera o un gran nogal, junto a la alberca formaba siempre parte fundamental de la huerta y a su sombra se realizaban muchas faenas.
La tierra donde tenían que germinar estas simientes también se escogía entre las mejores y limpias, no lavadas, de toda la propiedad y se mezclaba con un estiércol, cernido y que se machacaba para que fuera de poco grosor.
Una vez germinada la semilla y crecida la planta ya con un tallo largo y hojas se trasplantaba a los "canteros", sembrándolas de raíz. El hortelano, bueno y socarrón, sabía cuales eran las plantas mejores y el esfuerzo que le había supuesto dar con su selección, por eso utilizaba almácigas de plantas para los compromisos y las que suponía las mejores las atesoraba y sembraba con sigilo, para obtener el mejor tomate el mas grande o el de mejor aspecto con el que presumir ante los demás huertanos.
Hoy en día esto ha cambiado una barbaridad hasta en la terminología: la almáciga es hoy semillero, normalmente de plástico y con espacio individualizado para cada semilla, la tierra hoy es substrato, la palabra estiércol parece que no es agradable se utiliza mejor abono orgánico, compost o humus. La semilla se selecciona en laboratorios de alta tecnología y la alberca y la morera se ha transformado en un gran invernadero con finísimas medidas de control.
Las plantas o plántulas se siembran con cepellón y la realidad es que si se siembran en condiciones, difícilmente se pierde alguna, no es necesario como en aquellos tiempos que siempre había que replantar.
A pesar de haber desaparecido la huerta, es fácil que hoy se siembren muchos mas tomates que cuando esta existía. Tan solo en Chiclana existen, al menos siete tiendas que dedicadas a la agricultura y jardinería, venden plantas de tomates, berenjenas, pimientos, etc, el cliente es el que tiene su huertecito para el consumo familiar, que en nuestra población deben de existir a miles, incluso se empieza a desarrollar en grandes ciudades, la "cultura", de sembrar tomates o pimientos en macetas o jardineras en las terrazas de los pisos. Todo sea por ver crecer un tomate y comértelo en una buena noche de verano, con un poquito de sal de la marisma chiclanera.
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