Su propio afán

Aliño indumentario

Pasa con la ropa y con todo: a la gente no le basta su libertad, quieren tu aplauso entregado

El profesor Ricardo Ruiz de la Serna llamó la atención sobre la cantidad de alumnos que van a clase en chándal y zapatillas deportivas. Preferiría un código de vestimenta básico pero exigente. Y nada más. Inesperadamente, en las redes sociales la tomaron con él con una virulencia impactante. Ricardo tiene, entre otras virtudes morales e intelectuales, calva; y los críticos se empeñaron en tomarle el pelo con eso. Es un ataque casposo que no tiene por donde cogerse. Desde que los calvos pueden implantarse pelo, los que se mantienen son, en efecto, virtuosos numantinos. O porque les parece bien ostentar esa prueba de su exceso de testosterona incluso en estos tiempos o porque no le echan tanta cuenta al físico.

Lo chusco eran los insultos, pero lo verdaderamente curioso es que nadie había hablado de obligar a nadie a nada en concreto. Yo había añadido la defensa de un modelo como las grammar schools inglesas (públicas, pero elitistas) en los que se parte de la voluntariedad, aunque, una vez dentro, se exige la chaqueta y la corbata.

Lo de la voluntariedad lo afirmo en serio para la educación y para todo. Particularmente, me conviene que la gente que quiera ir en chándal o en pantalones cortos o en camisetas sin mangas, se ponga cómoda. Porque yo sí deseo ir muy elegante, aunque no me acompaña la facha. La ropa nunca me cae bien del todo. En otros tiempos, hubiese tenido que resignarme a hablar de "mi torpe aliño indumentario", como don Antonio Machado. Pero si me dejan el único con chaqueta, entonces ya tengo posibilidades. «Qué difícil es/ cuando todo baja/ no bajar también», había advertido el mismo Machado; pero ojo que también sucede al revés: «Cuando todo baja/ -si uno se mantiene-/ parece que se alza».

Estoy, pues, por la libertad indumentaria, aunque crea, como Ruiz de la Serna, que la dignidad de la enseñanza y, sobre todo, la de los mismos alumnos pide un decoro. Los colegios y las universidades que asuman ese tono serán, en igualdad de condiciones, mejores. Pero compruebo que la tolerancia no calma a nadie, porque a cierta gente (cada vez más) le irrita que alguien, aunque no le obligue, siga manteniendo su criterio objetivo de excelencia moral, intelectual o incluso protocolaria. Sus ideales o creencias o costumbres no les inmunizan contra las de los demás. Es raro, porque mi sistema es estanco y no le afectan las críticas, dicho sea con todo respeto.

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