Eran las cinco de la tarde, las cinco en punto de la tarde, pero todo comenzó mucho antes. Sería medio día cuando los primeros aficionados ya compartían mesa desde el Liba al Tendido Cuatro, todos los puntos cardinales en aquellas tardes de agosto confluían en el mismo punto. Pero, sobre todo, conforme se acercaba la hora, Santa Lucia era un hervidero humano de gracia torera. El Puerto, al margen de lo que dijera Joselito, siempre fue referente para los taurinos. Romántica la plaza, románticos sus bares, romántico el ambiente, y cambiados los tiempos. Nadie pide que vuelvan aquellos desembarcos desde el vapor a la plaza, nadie que la Fiesta vuelva a ser lo que fue, pero sentado junto al monumento a Paquirri, veo la marea humana que se afana por el entorno, un entorno lleno de enormes puertas que se mueren con el tiempo. Imagino una tarde de primavera, sin toros, sin ambiente, pero en donde se pueda pasear a la sombra de sus ojos mientras abre sus puertas el Museo Taurino. Imagino las terrazas llenas de mesas, y al igual que en otras plazas, vida en torno a restaurantes y bares, tiendas y ambiente propio de una plaza. El sentido común nos hace pensar en positivo, nos hace ver lo que puede ser un emblemático monumento cargado de negocios, concesiones de espacios desaprovechados que den vida a una de las zonas que, como el estrecho de Gibraltar, une los dos mares principales del Puerto, el Centro y la Avenida, punto de unión del antes y el después, márgenes de dos ciudades unidas entre si por un albero que une a esas dos zonas, y en las que, además, el aparcamiento no es problema. Una zona apta para recibir a quienes vengan de otros entornos de los muchos que el Puerto acuna, y que al cobijo de sus ladrillo, espera con ansia una vida que se le escapa. Sentado a lado del monumento a Paquirri, veo que son las cinco en punto de la tarde, y que la vida, renace en cada evento sea del carácter que sea. Observo sus sillares, la altivez de su entrada principal, me pregunto porque el rojo de sus múltiples labios se me cierran, entonces, comprendo que el cariño y las ganas, unidas a la buena gestión, serán las únicas que nos llevaran a esas tardes, no ya solo de toros, sino a esas tardes portuenses, porque ideas, ganas y necesidad de revivir hay de sobras.

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