Análisis

Manolo Fossati

Recreo loco

Confesémoslo: todos estamos deseando acabar la gira, volver a casa para abrir la puerta del frigorífico y compartir una cerveza, a solas con los nuestros...

Nunca he visto mi lejana y periférica calle tan transitada. Hasta aquí llega casi a lo justo el camión de basura, recoge y se diría que da la vuelta rápidamente para escapar de esta vía en la que, allá al fondo y a esa hora, no hay más que oscuridad total. Ni un solo vehículo de policía ni bombero ha pasado en estos días de confinamiento a hacernos una visita de ánimo con su golpe sonoro y lumínico de sirenas. Estoy por asegurar que ni uno solo de los concejales de la corporación sabría ubicar Luis de Ossio, así del tirón y sin ayuda del gps. Si hasta los taxistas tienen que preguntar dos veces…

Pero de pronto, decir el gobierno que se podría pasear durante determinadas horas y animarse una multitud fue todo una. Ahora, con la caída de la tarde, un río de gente y animales discurre por delante de mi casa y, si quiero disfrutar también de este recreo, tengo que unirme forzosamente a la corriente. Emprender la marcha en su contra es casi arriesgado y supone poner en riesgo la salvaguarda de la llamada 'distancia de seguridad'.

Digo yo que esto es una locura ¿no? No soy ni mucho menos antisocial, pero salir de paseo (antiguamente una costumbre individual y mucho mejor en pareja) ahora me hace sentir como miembro de una manada guiada por perros pastores invisibles o tal vez telemáticos. Es una sensación muy rara. En realidad, parece que la mayoría circulamos sin guía y de un lado para otro, como hormigas a las que han pisoteado el hormiguero, entrecruzándonos y evitando el contacto, en busca de no sé qué rumbo.

Se observa a gente que evidentemente había perdido la costumbre de andar, como si no realizara con gesto natural esa cadencia antigua de primero un pie y luego otro. A nuestro lado, pasan con suficiencia los deportistas de costumbre, con su ritmo de zancada o su pedaleo rutinarios mientras se les adivina una sonrisa y una mirada compasiva y sarcástica hacia el 'runner' novato de temporada. Ocurren cosas extraordinarias: la multitud se revela de pronto exploradora y, oh maravilla, acaba de descubrir el evocador Puente de Ureña, y no sé si para desgracia de este hasta ahora escondido monumento isleño, suben por él.

Y si encima, la culminación del paseo no es la terraza de un bar o la casa de un amigo o una sala de cine… confesémoslo: todos estamos deseando acabar la gira, volver a casa para abrir la puerta del frigorífico y compartir una cerveza, a solas con los nuestros...

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