El coronavirus ha venido a poner en cuestión muchos paradigmas que dábamos por inamovibles, y a ratificar teorías y leyes que la mayor parte de la población desconoce e ignora su utilidad, como la teoría del caos y la segunda ley de la termodinámica.

Hace tan sólo un par de meses no podíamos imaginar que el mundo se parara por un simple virus, que miles de millones de personas estuvieran confinadas en sus casas, o que estuviéramos en la antesala de la mayor crisis económica que hemos conocido.

No imaginábamos que pudiéramos llegar a ver a España sin un solo turista; a ciudades que viven del turismo blindadas contra los forasteros; a un ejército combatiendo sin armas contra un enemigo inesperado; a neoliberales, adalides del no Estado y de una bajada masiva de impuestos, pidiendo más medios para la sanidad, autónomos, empresas… y salvándoles la vida la sanidad pública; a empresarios agrícolas que votan a la derecha y a la extrema derecha pidiendo más inmigrantes para recoger las cosechas, a padres relacionándose con sus hijos y a nietos con sus abuelos en vivo y en directo; a una explosión de creatividad en balcones y azoteas; a tanta demanda de conocimiento científico y a tantos científicos en los medios de comunicación; a los países más ricos y demostrando tanta impotencia; a que dependamos de material médico procedente de países menos desarrollados a los que menospreciamos; a que los políticos se retrataran con tanta claridad; a que hubiera tanta gente aparentando saber de todo.

A un país que se ha dado cuenta del valor y del inmenso patrimonio afectivo y de sabiduría que atesoran las personas mayores; a que los imprescindibles no son los futbolistas, las modelos o los personajes del famoseo, sino los médicos, enfermeras, limpiadoras, dependientes de tiendas de alimentación, transportistas, personal de protección civil, atención a la dependencia…; a un país que puede sobrevivir sin futbol, sin toros y sin procesiones de Semana Santa; a que en tiempos donde debe prevalecer la ciencia y la cordura, el país más poderoso del mundo estuviera gobernado por un mentecato ignorante, y que se tuviera que enterrar a sus muertos en fosas comunes.

Parafraseando a Muñoz Molina, lo único evidente es que todo lo que era sólido no lo era tanto.

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