El Alambique
Rafael Morro
El bus también hace aguas
Entré en la nueva oficina de información de los autobuses y tuve la sensación de viajar en el tiempo. ¿Recuerdan aquel anuncio noventero que decía: “en el autobús no tengo problema, llego antes que tú”? Pues hoy, tururú . La atención al cliente ha pasado de un quiosco en el parque a un edificio en la nueva terminal de la estación, con techos altísimos y acústica hostil; sin ordenadores ni calefacción. Dos trabajadores, víctimas de esta gestión anacrónica, atienden desconcertados. «¡Los coches están fatal!», grita una vecina. Yo intentaba renovar los bonobuses de mis hijos: “las tarjetas sí se han renovado”, dicen; el trámite, no. Propuse enviar la documentación por correo electrónico. Inexistente. Aquí la informática no ha llegado.
El mostrador parece una barra de bar: alto y estrecho. No hay mesas ni sillas; solo un respaldo incómodo y la sensación de no ser escuchado. Las voces se pierden y la queja rebota sola. En la calle: autobuses averiados y que no llegan, puertas que se abren o cierran solas, conductores desesperados y usuarios resignados. «El desempañado no funciona y me dieron un spray», cuenta un conductor. Una usuaria mayor perdió una cita médica tras esperar dos horas el bus. El resultado es tiempo perdido: mayores que abandonan el transporte público y un servicio en manos de una empresa ineficaz, con trabajadores desesperados. El autobús urbano en El Puerto se hunde: flota envejecida, varada y relegada a usuarios vulnerables —mayores, jóvenes y personas con movilidad reducida—, precisamente quienes menos margen tienen para protestar.
Una gran ciudad no puede permitirlo. La culpa es repartida: concesionaria que no repone, gobierno que promete sin fechas, trabajadores paralizados, oposición a golpe de claqueta y ciudadanía anestesiada. Hay que poner fechas, dinero y protocolos de verdad. La seguridad en el transporte es ahora prioritaria. Los sindicatos deben actuar y los usuarios exigir un servicio público adecuado.
Esta semana la ciudad ha sido testigo del colapso simbólico de su propio patrimonio. El Vaporcito, varado y hecho jirones por el último temporal, ha quedado como emblema del abandono. Lo remató el temporal o la desidia de todos. El bus también hace aguas: si esperamos a que se arregle solo, se quedará sin pasajeros y sin excusas.
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