Casi me gusta la comparsa del Niño este de Santa María. Y mira que se la tengo jurada desde lo del Papa, pero ayer tarde, mientras zapeaba buscando alguna cadena donde se estuviera rezando el Santo Rosario, vi una imagen maravillosa. Dos guardias poniendo orden entre un grupo de chirigoteros en La Prevención. Cuanta nostalgia. Eso es lo que hace falta aquí, mano dura contra tanta ordinariez. Pero si hasta hay murgas de desvergonzadas que imitan a pseudofilósofos y se lo pasan todo por sus partes pudendas. ¿Ésta es la sociedad que vamos a dejar en herencia? El Niño de Santa María critica las Fiestas Típicas. Pero a ver criaturita, ¿acaso no eran esas fiestas más señoriales al menos? Con sus casetas, sus cacharritos, en la Alameda, junto al Carmen, donde tantos años se pidió la venia antes de que La Borriquita abriera nuestra Semana Mayor. Ya saben que yo también podría emular a las ordinarias comparsistas y decir que me paso a Don Carnal por el arco de medio punto, no lo haré por mera vergüenza, pero desde luego si el Kichi fuera medianamente inteligente fijaría siempre estas fechas para esta inmunda orgía de catetismo. Estamos en mayo, el mes del Rocío, el mes de esas ferias elegantes, con esos señoritos de pañuelo y gomina, esos coches de caballo que relucen como un zapato de charol, ese albero que refulge con los rayos del sol. ¿Quién prefiere meterse en el gallinero del Falla para oler a sudor rancio de zarrapastrosos en chanclas? Vosotros sabréis. A mí para meterme en el Falla me tienen que provocar una sumisión química.

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