Análisis

manuel barea

Maquinaria judicial

En vez de temer los biorritmos de su señoría habrá que vigilar sus algoritmos

En el futuro el hombre creerá haber terminado con su conflicto con la Justicia poniendo su impartición en manos de una máquina. El sonoro mazazo con que se dicte una condena o una absolución estará así lejos del temblor visceral y de la temperatura de la sangre. Un ordenador con un cerebro descomunal recibirá la información con los cargos por los que se investiga a quien haya tenido cualquier propensión a desajustar o agredir el orden establecido. Y será este sistema de cableado y circuitos el que compute la cantidad de violencia, la magnitud de alevosía, el nivel de ensañamiento, el volumen de fraude, el verismo de la involuntariedad y la autenticidad de los atenuantes. Las togas serán sustituidas por una placa base. En vez de temer los biorritmos de su señoría habrá que vigilar que no se produzca ninguna desaplicación en los algoritmos.

La máquina, no obstante, habrá tenido un padre, un inventor-ingeniero. La sociedad estará obligada a creer en él, en su solvencia y honestidad (o su propia máquina terminará juzgándolo). Y también precisará de un equipo de mantenimiento. El Gobierno de turno tendrá que dirimir si encomendar esta tarea a un equipo de humanos, a una brigada de replicantes o a una patrulla de cyborgs. ¿Cuál de los tres grupos será el apropiado? Lo más probable es que la comunidad mire con recelo al primero, por ser sus semejantes e influida sobre todo por la experiencia de tiempos anteriores, podridos de corrupción. Les resultará imposible desprenderse del tufo de sospechosos. Dejarán entonces el cuidado del Gran Juez Electrónico a cargo de cualquiera de los otros dos: los replicantes o los cyborgs... que, no obstante, también habrán salido de una mente humana privilegiada. Y de nuevo se cernirán sombras de dudas sobre su lealtad y si lo que no persiguió su creador por encima de cualquier otro objetivo fue un negocio para su enriquecimiento. En fin, será la máquina la que desencriptando sus claves dilucide si culpable o inocente.

Puede, sin embargo, que algún estudioso dé con textos antiguos y encuentre en ellos noticia del primer constitucionalista, un tal Moisés que dotó de leyes -deberes que consagran derechos- a sus congéneres. De esos mandamientos, cumpliendo a rajatabla con el quinto, el séptimo y el octavo no haría falta ninguna futura maquinaria judicial. Pero son demasiados los que empiezan por transgredir el cuarto. Y es entonces cuando ya no hay nada que hacer.

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