Los cinéfilos no estamos precisamente de enhorabuena en La Isla. Entendamos este colectivo no como el de expertos buscadores de gemas escondidas en la producción limitada de cineastas tibetanos, sino como el que honraría la raíz griega de la palabra filos, es decir amigos, enamorados del cine sin más. Los que pertenecemos a ese otrora amplio grupo de amantes del séptimo arte, como se le dio en llamar por algunos para engrandecer una afición que no necesitaba semejante empeño, no nos sentimos más cuidados porque aumente el número y el tamaño de las salas de exhibición, o porque nos obsequien con el lujo innecesario de amplias butacas reclinables para remedar con más tecnología la inelegante pierna suelta que practicamos en nuestra casa. No lo entienden: no queremos sentirnos como en casa, como tampoco necesitamos un cubo de palomitas variadas ni sorber ruidosamente cada tres minutos una pajita de cocacola.

Lo que necesitamos los de este grupo a extinguir son películas, películas de todo tipo que abarquen todos los intereses, aficiones, dramas y ridículos que vivimos durante nuestra amplia y diversa vida. Bien están las de superhéroes, pero estamos un poco hartos de saltos, vuelos y mutaciones genéticas sin sentido que imitan de una manera imposible a la inagotable mitología clásica.

Aumenta el número de salas, pero sólo para repetir en todas ellas las mismas historias. Decía Woody Allen en una de sus imprescindibles obras que ahora la mayoría de filmes que encargaban las productoras eran para un público de quince años… con edad mental de seis.

Los cinéfilos (en el buen sentido de la palabra) echamos de menos la comedia sutil y mordiente, el drama revelador de nuestras grandezas y debilidades, la aventura descreída de los héroes y heroínas a su pesar, la acción que tensa por dentro, el misterio de los crímenes que alguna vez todos tuvimos ganas de cometer, la visión histórica de épocas que soñamos doradas y ruines, la eterna lucha entre ellos los malos y nosotros los buenos, el amor real a base de perseguir el ideal, las caídas en el infierno y los ascensos a la gloria, el guiño a nuestra alma de la frase ingeniosa en ese guión obra maestra.

Echamos de menos el cine entre tantas salas de cine

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