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Análisis

manuel campo vidal

Bienvenidos a un infierno electoral de 40 días

Pocas frases han sido más celebradas esta semana como la del presidente gallego, el popular Alberto Núñez Feijóo, que afirma que "en España vamos a una cuarta elección en cuatro años porque, en lugar de hombres de Estado, tenemos a adolescentes al frente de la política". No es una crítica a la juventud porque Felipe González llegó a la Presidencia con 40 años, o Aznar y Suárez con 43. Es un reproche a la inmadurez.

Tanto da que la campaña quedara reducida oficialmente a una semana, si hay repetición de elecciones, porque ya hace un par de meses que estamos sumergidos en ella. Desde que Pablo Iglesias se equivocara gravemente al pensar que, si en julio le ofrecían una Vicepresidencia y tres ministerios, más sacaría en septiembre, estamos en campaña, porque el PSOE intuyó que allí había comenzado a ganar el relato. Una campaña que ya no la marcará la palabra sorpasso, como el que quería dar Iglesias al PSOE en 2016; o como el que pretendía Rivera con el PP y después desaprovechó, ya que sumaba mayoría con los socialistas. La frase de éxito de esta nueva campaña es... "La culpa no es mía". Podría ser un bonito título de bolero.

La ciudadanía está alcanzando sus cotas más altas de desaprobación por la ineptitud de los políticos para elegir a un presidente sin repetir elecciones. "Este desastre institucional, que la sociedad española no merece, refuerza el mensaje populista y neofascista de que la democracia no funciona", estima Eduardo Madina. Peligroso.

"En todo el mundo persiste una crisis política en esta transición social, tecnológica e institucional, que hace crecer la fragmentación de la representación democrática", considera el profesor Manuel Castells. España es el mejor ejemplo: al bipartidismo de base tradicional lo sustituyó, en 2015, tras el 15-M, un cuatripartito, por la irrupción exitosa de Podemos y Cs. Pero en abril 2019 ya eran cinco en escena, al llegar Vox. Y en noviembre seguramente tendremos más, y en algunas provincias de la España vaciada, como Teruel, algunas agrupaciones de electores tratarán de dar voz a los que no se sienten escuchados.

La creatividad popular ha producido un aluvión de memes de gran difusión, como éste: "Dos de cada tres parejas jóvenes españolas se conocieron en un colegio electoral". Otros piden castigo para los que decepcionaron, como su sustitución en las listas. Pero la historia aporta antecedentes: en un debate en la facultad de Políticas de la UNED, la catedrática Amelia Valcárcel, recordaba, para delirio de la audiencia, el Concilio de Constanza en el que se encerró a los cardenales sin dejarlos salir hasta que eligieran Papa, previa retirada de la comida y, al final, como no lo lograban, los dejaron sin agua. Mejor no dar ideas.

Faltan menos de 50 días para nuevas elecciones, que nada garantizan, porque después podemos seguir bloqueados. Pero la minas sembradas en el camino serán un infierno: la economía se desacelera y el petróleo sube; la sentencia del procés caerá en dos o tres semanas; la de los ERE andaluces sigue planeando; el Brexit va ser más duro de lo previsto y hay que sumar todo lo malo que sucederá y aún no conocemos. Con ese cuadro escénico, los españoles serán llamados a votar y ya comienzan las recomendaciones juiciosas, como la de la periodista Lucía Méndez: "No podemos abrir una causa general contra la política porque la única alternativa es la antipolítica, y ya sabemos cómo acaba. Así que el 10-N debemos ir a votar. Una vez llorados". Que no pase como en Trinidad y Tobago, donde la minoría hindú gobierna gracias a que una campaña llevó a la mayoría negra a la abstención, fomentando el "orgullo de no votar". Ojo, porque puede ser peor.

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