Que nunca soy pasado, sino siempre futuro

María Asunción Mateo

Cádiz, 27 de octubre 2009 - 20:50

Rafael Alberti sintió y vivió siempre como un joven militante de la poesía, a menudo de forma precaria, con austeridad, sin aferrarse nunca a cosas materiales, obsesionado por el tiempo aunque intentando obviar su paso. A pesar de sus muchos años, se mantuvo como un joven poeta militante ilusionado ante el mañana, con las manos vacías y limpias, sólo manchadas por sus acuarelas ("Un viejo joven y loco gritando al aire sus versos"), con la maleta preparada para ir a desgranar sus poemas, y en la que como vestuario de gala llevaba un pantalón vaquero blanco y una antigua chaqueta azul.

"Que los años en mi no son hojas, son flores / que nunca soy pasado sino siempre futuro". Con versos así de desafiantes, casi presuntuosos, Rafael Alberti se enfrentaba al tiempo mirando siempre hacia adelante como si éste fuera su aliado fiel. Hablaba como el poeta que era, con la convicción de que su obra iba a trascender en el tiempo. También, en algunas ocasiones había dicho con absoluta naturalidad: "Yo, que no me pienso morir nunca…". Y algunos, prendidos en la fascinación de su palabra, nos llegamos a creer que pudiera ser cierto. Pero también a un creador genial, aunque se adelante al tiempo que le ha tocado vivir, éste lo alcanza, no puede escapar de él. Lo va venciendo, devorando, hasta consumir las alas de ese "Ícaro pretencioso y sin edad".

Sus casi 97 años de vida fueron apenas un chispazo, un relámpago para él ("y en mi ardorosa sangre / la inmortal juventud apetecida"). Dos días antes de morir, Rafael comentaba que la vida era muy corta, demasiado corta. Y es que en su interior seguía latiendo esa fuerza misteriosa, casi divina, que infunde la llamada de la creación y que lo hacía permanecer en constante vigilia ("Yo soy un hombre de la madrugada / comprometido con la luz primera / me pide el sol que cante en cada aurora/ y yo no puedo al sol decirle: espera"). Rafael nunca se quedó anclado en el pasado, rememorando batallas, su falta total de paternalismo, su tolerancia con las debilidades de los demás lo hizo evolucionar con la historia y mantenerse siempre en la vanguardia literaria y vital. Su "sobria ebriedad" por todo lo vivo, tan difícil de mantener, le brindó el tiempo suficiente para escribir, pintar, amar, gozar, comprometerse en defensa de las injusticias. Una oportunidad que le ofreció la vida y que pocos hubieran sabido aprovechar con la intensidad que él lo hizo.

La prueba más evidente de ese inmarcesible impulso juvenil radicaba en ese afán viajero que lo hizo deambular por el mundo, haciendo y deshaciendo maletas para enfrentarse cada vez a nuevos retos. ("Vendrá otra edad, vendrá, pero primero / se tendrá que morir la primavera.") A los sesenta años él y María Teresa, después de veinticuatro años en el Río de la Plata, se trasladan a Europa, concretamente a Italia para comenzar así una arriesgada aventura, enfrentándose a un idioma desconocido, a un país en el que su obra apenas había sido traducida. Esa capacidad para atreverse a cambiar de lugar, de afectos, de paisajes y comenzar otra vez no parece corresponder con la edad de sus protagonistas, sino más bien con la inquietud que caracteriza a los más jóvenes. Los recuerdos argentinos perdurarán siempre en el matrimonio como los más bellos y fecundos de su exilio y la huella de la calidad humana y la obra de estos dos arriesgados españoles perdura todavía, casi con fervor, en Argentina, en Uruguay y en Chile. No deja de asombrar esa continuada capacidad de sentirse ciudadano del mundo, al margen del calendario, de comenzar y recomenzar tan lejos de su origen con tanto recuerdo imborrable en el alma ("Me hirieron, me golpearon, / hasta me dieron la muerte/ pero jamás me doblaron.")

El poeta a los 74 años, casi quince después de su llegada a Roma, superadas las dificultades de adaptación, asentado en su casa del barrio del Trastevere, con amigos entrañables, con un reconocimiento literario y pictórico, vuelve a enfrentarse con un futuro todavía más incierto: el regreso a España. Una dura prueba para dos exiliados que salieron de allí con 35 y 36 años y retornaban a su país -esta vez de forma definitiva-, ya con la cabeza cana.

Rafael, al regresar a los mismos escenarios de su lejano pasado todavía conservaba intacta en la memoria la imagen de ese Madrid que abandonó, destrozado por la barbarie bélica y se siente desarraigado en su propia tierra. Necesita un proceso de adaptación para enfrentarse a una gente desconocida, en mucho casos hostil por su filiación política, y a una ciudad que no tiene nada que ver con aquella de la que tuvo que escapar para salvar la vida.

Su primer deseo será acudir al Museo del Prado, al que fue su primer refugio al llegar del mar a la gran ciudad, en un intento de recobrar aquellos años felices en los que copiaba los lienzos de los grandes maestros ("El soñarme siquiera un olvidado Alberti en los rincones del Museo del Prado"). Necesitaba reencontrarse con los añorados lienzos, a los que el tiempo había respetado, tan sólo velados por una delicada pátina. En sus salas todavía lo esperaban con el esplendor de antaño las ninfas de Rubens, los mismos nacarados desnudos que turbaron sus sueños adolescentes, las damas ornadas con suntuosos brocados, la austeridad de la pintura española desvestida por Goya, los pintores venecianos y flamencos… Y, sobre todo, Las Meninas de Velázquez y el Carlos V de Tiziano que lo trasladaron a los sombríos días de la guerra cuando con María Teresa y un grupo de intelectuales consiguieron salvar esos cuadros que tenía delante de los bombardeos, entre otras obras patrimonio del arte universal.

Este 27 de octubre se cumplen diez años de la muerte de Rafael Alberti, el poeta perteneciente a la mítica Generación del 27, el desterrado republicano que regresó a España un 27 de abril, como si este número, poseyera un enigmático sentido en su vida, difícil de descifrar. Hace ya diez años de aquella medianoche del 27 de octubre de 1999 en la que el doctor Javier Pérez Jiménez -que se desvivió por seguir dándole vida- abrió con delicadeza los párpados del poeta en un obligado rito de su profesión, a pesar de la certeza de que se habían cerrado para siempre. En ese momento fue inevitable no rememorar en silencio lo que Rafael escribió para cuando llegara este momento: "Cuando me muera, si es que a mi cuerpo no lo manda a la nada una bomba de Europa, que me abran los ojos suavemente: ésos verán cómo se les albean los dedos de espuma de la playa y las uñas de fina arena, y en mis pupilas, igual que dos minúsculos esteros de cristales, redonda y perfecta la bahía, llena de velas gaditanas, con mis ciudades primorosas en círculos balanceadas de mástiles y chimeneas."

En la vida cotidiana la superioridad intelectual de Rafael, su privilegiada forma de mirar y transcribir su entorno, acostumbró a llevarla bajo una apariencia de extremada sencillez que lo aproximaba al pueblo con esa fina gracia de la que sólo los gaditanos son poseedores. Si alguna vez presumió de algo en su vida fue de dos cosas: haber nacido a orillas de "la bahía más antigua y bella de Occidente" y el "ser un poeta en la calle", inmerso en los problemas de su tiempo, comprometido, frente a los que él llamaba "poetas sentados".

Inmerso desde el amanecer del día en los colores y en el latir de la vida, le aburrían enormemente las cosas que, en teoría, parecían propias de su avanzada edad. Huyó siempre de la solemnidad intelectual, de la hueca retórica, de la grandilocuencia de las conversaciones forzadamente trascendentes. Su naturalidad sorprendía. Prefería una reunión con pocos amigos en torno a una mesa al bullicio que siempre lo perseguía, no fue una persona de risa fácil y cuando sonreía su interlocutor se sentía imantado por su peculiar atractivo.

El amor de Rafael Alberti hacia su tierra y su enorme generosidad ha quedado patente en la donación que él y María Teresa hicieron a El Puerto de Santa María, su ciudad natal y que se halla depositada en la fundación que lleva su nombre. Allí, la escritora revolucionaria, la mujer que compartió con Rafael cincuenta años de felicidad y desdichas ("Esplendor mío, amor / inicial de mi vida"), tiene un merecido sitio de honor.

Durante los últimos quince años de existencia, la Fundación Rafael Alberti ha intentado mantenerse a la altura que merece el nombre del poeta. Ha sido una labor apasionante y complicada -como todos los proyectos culturales importantes- llena de dificultades, aunque también de grandes satisfacciones. Es un trabajo silencioso y paciente, que requiere tenaz constancia y cuyo afán primordial es velar por una obra universal con respeto y admiración hacia el autor y su creación.

El mejor reconocimiento, además de las continuas visitas de escolares y público procedente de muy diversos lugares geográficos, ha sido que los más destacados nombres de la cultura hayan colaborado en las convocatorias literarias y pictóricas programadas. Y que investigadores de todo el mundo acudan a su biblioteca y archivo, integrados en la Red de Bibliotecas Especializadas y Centros de Documentación de Andalucía, para consultar sus valiosos fondos.

La fundación cuenta, además de con una línea editorial de dos colecciones -ensayo y poesía-, con los últimos avances tecnológicos: página web en seis idiomas con casi setecientas mil visitas, audioguías en español, francés e inglés, puntos de información de pantalla táctil y con DOMUS, un avanzado sistema integrado de documentación y gestión museográfica desarrollado por el Ministerio de Cultura. Se trata de una aplicación informática para catalogar y gestionar los fondos museísticos y documentales que permite inventariar desde nuestros fondos bibliográficos y epistolares, exposiciones permanentes o temporales hasta el archivo administrativo.

Y todo ello bajo la inconfundible luz de El Puerto de Santa María que ilumina la casa en la que Rafael Alberti pasó su infancia.

Los andaluces reúnen sobrados motivos de orgullo por poder disfrutar de esta institución cultural dedicada a investigar la obra albertiana y la de su generación poética, así como de que ésta haya adquirido un prestigio internacional.

Rafael tenía clara consciencia de la importancia que la voz de un poeta puede tener para su pueblo ("Si mi voz muriera en tierra/ llevadla al nivel del mar"). Siempre se caracterizó por su consecuencia personal que lo llevó a estar en el momento oportuno en el lugar en el que le correspondía, algo difícil de lograr dentro del vértigo que presidió una vida tan intensa y legendaria como la suya. Por eso, eligió como último destino el mar de su bahía, en donde la transparencia de sus versos iba a adquirir su auténtico sentido y en el que con seguridad sabía que su alma podía seguir siendo "navegable". Su deseo se ha cumplido, su voz surca la espuma de las olas de la bahía. Porque los poetas como Rafael Alberti cuando nacen, lo hacen para siempre:

Mas no quiero morir, aunque lo diga

porque no muere el mar, aunque se muera.

Mi voz, mi canto debe acompañaros

más allá, más allá de las edades.

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