Arte

Los enigmas de unos horizontes de verdad

  • En La Coracha malagueña, el magnífico espacio del Centro de Arte Contemporáneo, Antonio Rojas expone una muestra que sirve casi de especialísima antológica con obras de distintas etapas

Antonio Rojas posa ante una de sus creaciones pictóricas.

Antonio Rojas posa ante una de sus creaciones pictóricas.

El arte, como la vida, está lleno de absolutos guiños a una realidad que se quiere aderezada de bellos momentos impregnados de emoción y de intensidad; sensaciones que se consiguen sólo con la verdad, esa que no engaña y abre los horizontes para que en ellos se formulen los esquemas de la pasión; la del arte y la de la vida. No es fácil conseguirlo; pero cuando se encuentra y se tiene, se olvidan las restricciones del pasado y se siente la luminosidad de un universo ilimitado. La exposición de La Coracha está inundada de todo ello.

Antonio Rojas fue, en los años ochenta, una de las grandes jóvenes referencias de la pintura española; un pintor reconocido unánimemente como uno de los principales valores en alza de aquella pintura figurativa que abrazaba los parámetros de la modernidad, abandonando los tranquilos espacios de una tradición inamovible que se quería, al menos, en posiciones no demasiado activas, cuando no, retiradas totalmente a sus cuarteles de invierno. Era un pintor muy solvente, con un lenguaje pulcro y riguroso, que planteaba escenarios cercanos, en apariencia, pero dotados de un personalísimo estamento creativo.

En aquel tiempo, cuando el pintor aparece en los circuitos expositivos, llamó la atención que fuese otro artista nacido en la Tarifa de Guillermo Pérez Villalta y Chema Cobo; un tercer –después vendrían más– ilustre vecino de una población que aportaba al panorama artístico excelsos elementos de calidad y suma trascendencia. Había visto la luz por primera vez en la localidad gaditana en 1962. Antonio Rojas desarrolló, en muy corto espacio de tiempo, unas formas que fueron admitidas en los rigurosos centros de un arte que no admitía nada más que a los mejores, a los que más tuvieran que decir y sólo a los que tuvieran un lenguaje con unas connotaciones de autenticidad. Expuso en los mejores sitios, en los de mayor entusiasmo en aquella España de ansias desmedidas por dar el definitivo paso adelante – Museo de Teruel, Centro Conde Duque, Palacio de la Diputación de Cádiz–; estuvo presente en las ferias sobresalientes del momento –ARCO, ARTISSIMA, Bienal de Alejandría, por citar sólo tres–; expuso con galerías de mucho prestigio –Rafael Ortiz, Fernando Silió, Magda Bellotti, My Name Lolita, Siboney o Antonio Manchón, con quien trabajo muchísimo–; obtuvo numerosísimos premios –los de Tomelloso, Valdepeñas, el Gregorio Prieto, el Unicaja– y consiguió becas de gran importancia – La Beca Endesa o la importantísima de la Academia de España en Roma–. Demostrando con todo ello la significación de un arte convincente, aceptado por todos en ese mundo cainita de codazos, envidias y falsedades.

Era normal, por tanta solvencia y desarrollo artístico, que una de las instituciones artísticas que mejor funcionan en el país, el CAC de Málaga, organizara una gran exposición en torno a la figura de uno de los más lúcidos de nuestros pintores. En la Coracha malagueña, el magnífico espacio del Centro de Arte Contemporáneo de Málaga, bajo donde se levanta inquietante Gibralfaro, Antonio Rojas expone una muestra que sirve casi de especialísima antológica, con obras de distintas etapas, desde aquellas que planteaban una pintura metafísica –‘Espíritu metafísico después de Salvo’ ( 1987) o ‘Trilogía metafísica de un sueño’ ( 1988 )– hasta piezas de reciente factura con decantaciones hacia un mayor conceptualismo –‘Área de confort’ o ‘Retórica de la certeza (after Picasso)’, ambas de 2021, entre otras–; pasando por piezas de diferentes momentos en las que encontramos los típicos argumentos plásticos y estéticos de un artista con planteamientos abiertos donde el sentido de la geometría se yuxtapone a sabios postulados metafísicos, a la visión de su Tarifa natal, la luz determinante del paisaje meridional o a un acertado conglomerado de situaciones que compendian una realidad artística personalísima.

La pintura de Antonio Rojas mantiene un desarrollo creativo de gran lucidez y serenidad; con unos planteamientos pictóricos estrictos; propios del que sabe lo que quiere, del que sabe lo que hace y del que sabe cómo hacerlo para llegar con mucha solvencia pictórica, la que le ha acompañado a lo largo de varias décadas. Antonio Rojas es pintor de claridades lumínicas, de espacios acotados que, a su vez, acotan paisajes solitarios, enigmáticos, absolutamente metafísicos, esos que muestran solitarias estructuras arquitectónicas, silenciosos y vacíos pantalanes, muelles marítimos u orillas de inquietantes soledades; todo envuelto en esa atmósfera de silente envoltura que magnifica una realidad que es inmediata pero que el propio desarrollo estructural hace alejarse. Son espacios abiertos a unos horizontes de intimidades, de emociones compartidas, de tiempos sin edad que anhelan momentos nuevos que centren la atención en perspectivas límpidas, de esplendores lumínicos. La exposición, muy bien estructurada expositivamente, plantea un recorrido exhaustivo por esa iconografía particular que concede especial potestad a lo geométrico, a esa espacialidad que descubre ventanas abiertas a paisajes de intimidad, donde se atisban miradas que reflejan misterios por descubrir en parajes de bella manifestación emocional.

En la muestra de Antonio Rojas nos reencontramos felizmente con un pintor de mucha importancia en el discurrir de la pintura española. Nos merecíamos una gran exposición, en un espacio muy importante y de un pintor que lo hemos tenido como de suma referencia artística.

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