Pasaporte directo a las ruinas y futuro de la antigua Unión Soviética

El fotógrafo italiano Federico Clavarino expone en la sala Kursala su particular mirada de la vida y cuestionable transformación del antiguo estado federal · El catálogo simula un pasaporte ucraniano

Varias usuarias observan la exposición de Federico Clavarino en la sala Kursala, en el antiguo Aulario de la Bomba.
Virginia León / Cádiz

19 de julio 2011 - 05:00

Pasaporte directo a Ucrania y un mundo por descubrir. El que desvela ante el espectador el fotógrafo italiano Federico Clavarino en la sala Kursala del edificio Constitución 1812 (antiguo Aulario de la Bomba).

Un muestrario de imágenes para cuyo formato de presentación ha elegido un pasaporte. Una original iniciativa planteada en una secuencia de fotografías por las páginas de este documento.

Con este libro identificativo el autor hace alusión a la posibilidad de adentrarse entre los límites, fronteras, cultura y geografía, historia y economía de las ruinas del que fue el imperio soviético. "Aparte de la obvia consideración sobre la cantidad de fronteras creadas por el derrumbe de la Unión Soviética, tiene que ver con mi experiencia en Ucrania, tanto en la forma en que funciona la narración -desde un viaje-, como en la concepción de un lugar intermedio entre la realidad e imaginación, desde un punto de vista fotográfico".

Así lo explica el joven autor de la muestra, que se dejó inspirar para materializar esta exposición mientras paseaba por un mercadillo ucraniano, "donde había fundas para pasaportes de colores". Y así surgió el catálogo de esta muestra, ya que se antoja como "el pasaporte que autoriza al lector a entrar en este mundo especial que contiene este libro".

Federico Clavarino concibe así Ukraina Pasport como "una exploración arqueológica entre las ruinas del antiguo imperio soviético y como el testimonio de cómo ha ido creciendo desde ellas". Una transformación, añade, "que no se acaba de cumplir, que no acaba de convencer ni de responder a las necesidades de la mayoría de la población", señala.

Una apreciación crítica que él prefiere tildar de viaje a las fronteras de Europa y del Oeste en general y hacia los propios límites de la fotografía.

Por tanto esta selección de imágenes "tiene una lectura global, ya que aunque cada foto me interesa individualmente, todas cobran significado como parte de una estructura más compleja, la de un discurso", asevera.

Para ello ha trabajado en analógico, que le permite realizar sus fotos de forma más fluida. "Voy tirando carretes y no tengo una pantalla para verlas, y lo que voy registrando se hace invisible hasta la vuelta". Con estas palabras se sumerge en el mundo sin preocuparse por nada más que del momento que vive en cada momento. "Así, el tiempo que va pasando desde que hago la foto y la veo crea una mayor distancia crítica y emocional, lo que me permite trabajar con más consciencia". Y es que lo digital y virtual no va con el estilo del autor, al frustrar su concepción del trabajo y necesidad de "materializar lo que hago".

Ukraina Pasport, organizado por el vicerrectorado de Extensión Universitaria responde, según el asesor de exposiciones de la UCA, el profesor de fotografía Jesús Micó, "a la esencia de su personalísima manera de concebir la fotografía y el reportaje".

Micó señala que la muestra se desarrolla entre unas claves formales y temáticas que no son especialmente amables, ni lucen una estética amable y preciosista. "De hecho, son claves que evidencian nítidamente un cierto riesgo estilístico y narrativo". Una estética que no es heredera de la limpieza y obsesión formales de Cartier Bresson, asevera, sino "más contemplativas y serenas, paisajísticas, incisivas y reflexivas", añade el experto en Teoría de la Fotografía.

Así, sus instantáneas remiten a un imaginario muy particular, con encuadres cerrados, a veces casi surrealistas, con cierto regusto anacrónico que evidencia la decadencia postcomunista. Pueden observarse así desde muelles oxidados, automóviles rancios, descampados, paisajes de extrarradio, zonas de baños e iconografía soviética. "Un reportaje que parece desarrollarse entre la realidad y la ficción, tan documental como alegórico y metafórico, donde se respira sensación de nostalgia, pérdida y resignación", puntualiza Micó.

Un trabajo que le ha llevado tres años entre viajes, edición, documentación y producción del libro -el catálogo a modo de pasaporte- y que hasta septiembre puede verse en Cádiz, donde expone por primera vez. En la actualidad está inmerso en un proyecto que está desarrollando desde su país, Italia, pero del que todavía no quiere adelantar nada dado la prontitud del momento.

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