Pancho vs. Javi

La misma semana que dimitió Suárez TVE estrenó una serie que marcaría una época, la más reprogramada de la historia, Verano Azul. Dos preadolescentes buscaban el amor de la bella Bea

21 de julio 2011 - 01:00

EL hecho me lo refirió un amigo de Madrid. Aquella mañana acudió a visitar a su padre en un centro de salud mental de Ciempozuelos, una especie de manicomio con el nombre cambiado. Mi amigo estaba sentado en el borde de la cama de su padre escuchando los miedos de su padre-niño, reviviendo en directo el anciano una infancia de terrores, cuando sintió una mano en su hombro. Se volvió y ante él encontró un esqueleto de pellejo moreno, un proyecto de calavera. Aquel ser hizo un intento de sonrisa y le tendió su mano. Simplemente le dijo, a modo de presentación: "Hola, soy Pancho". Me contó mi amigo que no supo muy bien cómo reaccionar, que aquel lugar siempre le suponía una sesión de TAC cerebral, que sus respuestas a su padre siempre eran tardías, así que no te cuento a un tipo con aspecto de yonqui que se te presenta como Pancho. "¡Pancho!", exclamó sorprendido su interlocutor. "¿No te acuerdas de mi? Soy Pancho. Todo el mundo conoce a Pancho". Y se alejó arrastrando los pies tarareando una cancioncilla, esa sintonía compuesta por Carmelo Bernaola en la que unos niños montaban en bicicleta por una carretera comarcal. Fue entonces cuando mi amigo comprendió que acababa de saludar al personaje de la serie más famosa de la televisión española, Verano azul. Entiendan, no al actor que encarnaba a Pancho, sino a Pancho mismo. No es tan extraño. En el final de sus días Bela Lugosi no era Bela Lugosi; era Drácula. En el final de sus días Johnny Weissmuller no era Johnny Weismuller; era Tarzán. Posiblemente, muchas agujas y mucha heroína después, ese chaval vivaracho que pasó el verano más largo que se recuerda en compañía de un viejo marinero que vivía en una barca en una colina no era José Luis Fernández; era Pancho.

Aquello fue hace mucho tiempo. Ahora José Luis Fernández, si consiguió salir de aquel trance, tendrá unos 42 años y podrá ver en televisión las apariciones de Juan Artero, que ya no se llama Javi, sino Charlie, un policía rubicundo y bragado de la serie El Comisario. Y, en el caso de que Pancho siguiera viviendo en la ficción -y esto es sólo una suposición- eso le sorprenderá. Su viejo amigo Javi, con el que formó un dúo musical a raíz del éxito de la serie, ahora es policía, se dirá. Aquel dúo musical fallido, que apenas duró un par de singles que nadie recuerda, se llamó premonitoriamente Pancho y Javi, bueno para ti, malo para mí. Se veía venir.

Como todo el mundo recordará, Pancho y Javi eran los dos galanes preadolescentes de la idea desarrollada por Antonio Mercero en 1981. Mercero ya acreditaba en su curriculum otro gigantesco éxito televisivo. Había puesto en pie un mediometraje agobiante, de una carga kafkiana que causó el desasosiego de toda una sociedad. Gracias a Mercero, los españoles nos cuidábamos mucho en los años 70 de dejar las puertas de las cabinas telefónicas cerradas porque podía pasar que, como a José Luis López Vázquez, nos viniera a buscar una brigadilla que desmontara la cabina con nosotros dentro para acabar en un sótano en el que nuestra única salida era ahorcarnos con el cable del teléfono. Esa realidad, ese destino, que bien es cierto que no comprendíamos en toda su magnitud, causó esa psicosis colectiva, una asfixia común, una patología claustrofóbica compartida. Que el mismo hombre que creó La Cabina nos ofreciera una empalagosa visión de los primeros veranos en democracia no dejaba de ser sorprendente. El primer capítulo se estrenó la misma semana que dimitió Suárez. Así estaban las cosas. De modo que nos refugiamos en Nerja y en las vidas de esos niños y de ese marinero con filosofía de libro de autoayuda para ahuyentar demonios. Algo debía saber de su país Mercero.

Pero no nos desviemos. Para los que tenían la misma edad que Pancho y Javi al iniciarse la serie, lo esencial de la trama era el triángulo de amor veraniego formado por el nativo Pancho, el capitalino Javi y la coqueta Bea, amiga a su vez de la fea Desi, lo que se subrayaba por los brackets que permanecieron en su boca pese a que el rodaje duró varios años y los niños crecían a velocidades siderales durante lo que se suponía que sólo era, en tiempo cinematográfico, dos meses. Desi sufría, además, el trauma de ser hija de padres divorciados, una pincelada de modernidad a este cuadro que desde su origen estaba destinado, en su propia borrachera de éxito, a ser caspa. Un logro en un país con una producción televisiva que nace directamente siendo caspa.

Sumergidos cada semana en ese irreal buenismo de merengue que bien podía ser el germen de los movimientos del 15-M (hay cosas que marcan a las generaciones y sólo estallan, quién sabe, una generación después: "del barco de Chanquete no nos moverán", podían haber cantado en Sol y la Plaza Catalunya), no podíamos saber que mientras Javi y Pancho se buscaban las vueltas para hacerse con el amor de la bella Bea, Pilar Torres, la actriz, ya suficientemente mujer, en el último verano del Verano azul se la pegaba con uno de los cámaras del equipo, lo que fue un pequeño escándalo de la época, ya que Bea era Bea, una niña. Y sólo podía ser para Pancho, el buen salvaje, o para Javi, el resabiado veraneante que descubre la virtudes de la periferia no sólo de la mano de Chanquete, sino de una especie de monja laica, Julia, que era una pintora solitaria a la que se le suponían pasados hippies ibicencos y desamores de juventud. Pero lo cierto es que Bea se pasaba la serie flirtreando con todo nuevo personaje que apareciera por el pueblo, ya fuera un cantante de moda o un chulo pera, lo que amasaba la unión entre Pancho y Javi, unidos en sus celos. De hecho, no sé en qué momento se produjo en mí la certeza de que ni Pancho ni Javi se iban a tirar a Bea. Cuando, ya un poco mayor, vi Jules et Jim, la obra maestra de Francois Truffaut, comprendí en qué suelen acabar los triángulos. Y un poco más adelante la vida me lo confirmó.

Vaya por delante que mi identificación era con Javi, ya que yo era veraneante, pese a que el niño se las traía en su repelencia, una repelencia que se extendía al grupo en su integridad. Y ya puestos, si algo me ponía nervioso era lo que los guionistas hacían con Piraña , adelantándose en dos décadas a un problema generalizado de obesidad mórbida. Pero no hablábamos de eso, sino de esos espectadores divididos entre las estrategias de Pancho y Javi. Vemos así en el tercer capítulo que Bea sueña con un caballero enmascarado que viene a rescatarla como si fuera una princesa. El sueño llega a oídos de Pancho, que se hace con un caballo y se enmascara, con tan mala pata que cae del caballo. Qué hermosa y pegajosa candidez. No es extraño que, visto lo visto, Pancho decidiera seguir siendo Pancho toda la vida. ¿Quién se hubiera resistido a esa tentación?

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