Cultura

Juan y Enrique, aquellos eternos COSTUS

  • 'El Valle de los Caídos' tal vez sea el conjunto de mayor impacto de la pareja de artistas

Espacio de Creación Contemporánea Cádiz

QUERER descubrir a estas alturas la Movida madrileña es haber estado, en todo este tiempo, en el Pleistoceno y tener una cultura más bien escasita. De ella se han escrito infinidad de cosas, sus defensores lo son casi todos por su importancia social y cultural -puede que haya, todavía, algún habitante de los ultramontanos espacios que tenga duda de su significación y se empeñe en cuestionar, al menos, su inquietante existir-. Pues bien, cualquiera que esté mínimamente informado, sabrá que aquella experiencia vital que se desarrolló en la capital de España a finales de los años setenta y principios de los ochenta tuvo muchas circunstancias y muchos activistas que la hicieron grande y le concedieron la trascendencia que hoy se le asume y que no es sino una auténtica realidad de nuestra cultura reciente.

Aunque fue, probablemente, la música la parcela artística que mayor potestad adquiriera, con nombres que permanecen en el imaginario de casi todos, existieron en la práctica artística dos personajes que fueron de capital importancia y cuyo trabajo constituyó una realidad plástica íntimamente ligada al propio discurrir de la Movida -aunque ellos, sobre la misma, tuvieran siempre muchas dudas-. Fueron Juan Carrero y Enrique Naya; aquel nacido en Palma de Mallorca y éste en Cádiz; su existencia personal y artística, toda una bella historia que comienza en las viejas aulas de la Escuela de Arte de Cádiz; su desarrollo y trágico desenlace, el testimonio de un tiempo extremo, vivido con ilusión, apasionamiento y entusiasmo.

Muchos son los aspectos a tener en cuanta de estos Costus en el contexto general del arte de aquellos años en los que España luchaba denodadamente por recuperar un momento histórico que hiciera olvidar los plúmbeos horizontes de un tiempo que se quería absolutamente terminado. Los Costus fueron dos artistas inteligentes, con unas maneras creativas totalmente diferentes que supieron poner sus individualidades al servicio de un todo que fue único, porque casi todo el trabajo se lleva a cabo totalmente en conjunto. Enrique Naya, extraordinario dibujante, realizaba una exultante figuración, mientras Juan Carrero, daba capital importancia cromática a una realidad expresiva de apabullante manifestación.

Creo que fue todo un acierto por parte del Ayuntamiento de Cádiz conseguir para la colección municipal esta magnífica serie de los Costus sobre el Valle de los Caídos, probablemente, el conjunto de obras de mayor impacto artístico de cuantas ellos llevaron a cabo y, quizás, las más esclarecedora de aquel tiempo donde se cuestionaba la realidad existente. Lo mismo que considero acertada la exposición permanente montada en el Espacio de Creación Contemporánea. La muestra es interesante, precisa y creo que necesaria. Es una colección importante donde se refleja la realidad significativa de unos artistas diferentes, únicos, con un concepto plástico y estético muy particular y que traducen los desarrollos pictóricos de unos autores que dejaron huella, y a los que el estamento artístico elevó a referencia de una época para conocer cómo se representaba la realidad de aquel momento y los personajes que la habitaban. Por eso, creo que es bueno para todos su permanente exhibición en unas salas importantes como las del ECCO gaditano.

El Valle de los Caídos es una serie que Juan Carrero y Enrique Naya comienzan en 1971 con la imagen del Cristo de la Vega -pieza que terminan en 1981-, y desde esa fecha hasta 1987, realizan con una personal iconografía en la que se funden los límites estéticos de ayer, de hoy y de siempre. Así, nos encontramos con San Juan Evangelista, San Marcos, La Templanza, La Justicia, La Fortaleza, La Prudencia, La Patria, África, Carmen, La Patrona de la Marina, Los Cuatro Ejércitos, La Capilla del Sepulcro o El Cristo Yacente, El Caudillo y otras obras, protagonizadas por sus amigos, sus compañeros de existencia, sus hermanos y aquella su gente, que fueron con Juan y Enrique, miembros de un tiempo que se llenó de trascendencia y de energía creativa. Tras las obras, Olvido Gara Alaska, Tino Casal, Bibi Andersen, Miguel Ordóñez, Pepe Rubio, Fabio MaCnamara, el propio Juan Carrero y hasta la famosa Lala, la gran perra afgana, se convirtieron en iconos de una realidad existencial llena de pasión.

Ahora, los espacios de los antiguos cuarteles se han llenado con los argumentos de una estética pop -que ellos llamaron "chochonismo"- muy particular donde las exuberantes estridencias de los expresionismos formales de los fondos, contrastan con los pausados desarrollos pictóricos de una representación felizmente planteada por Enrique, desde los poderosos gestos que Juan hacía posible.

Exposición muy necesaria para seguir manteniendo viva una época y los que la feliz y extremadamente la vivieron. ¡Por siempre, Juan y Enrique !

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