fuera del mundo | el largo invierno Horror gótico en la casa de la pradera

  • Entre 1880 y 1881, los habitantes de las Grandes Llanuras vivieron siete meses de confinamiento, sin alimentos ni combustible

Fotograma de la famosa serie de los años setenta.

Fotograma de la famosa serie de los años setenta. / D.C.

Vamos a hablar del Oeste. O lo que es lo mismo, vamos a hablar de trenes. De especulación. De irresponsabilidad. De aislamiento y hambre. De horror gótico. Vamos a hablar de La casa de la pradera. Entre las entregas que Laura Ingalls escribió sobre su infancia en las Grandes Llanuras se encuentra El largo invierno. Para una mente infantil, el eje de la aventura está en un momento en el que Laura y sus compañeros casi se pierden (mueren) al volver del colegio en mitad de una ventisca de nieve;y la Navidad, por supuesto:una fiesta que hubo de retrasarse hasta casi el verano, porque no tenían literalmente nada con lo que celebrar.

El relato se recrudece simplemente al leerlo de manos de su autora. El invierno de 1880-81 en Minnesota y Dakota del Sur fue uno de los más crudos de los que se tienen noticias. Los Ingalls y todos los habitantes de la zona soportaron siete meses de confinamiento, sin apenas comida, con unas temperaturas que bajaron de los -30º. A finales de noviembre, ya no había queroseno. Para Navidad, no quedaba carbón. Quemaban las vallas, las estructuras de los establos. Hubo familias que decidieron compartir una de sus viviendas mientras troceaban la otra para calentarse. La mayor parte de los colonos, los Ingalls entre ellos, recurrían a retorcer el heno hasta formar ovillos como único material de combustión. Sobrevivían a base de patatas y –oh, sí– masa madre. Trituraban el trigo en molinillos de café. Las manos se les entumecían.

La primera nevada fue en octubre. La última, en abril. Había cortes de nieve de diez metros de altura –en una ocasión, la planta baja de la casa de los Ingalls quedó anegada, y hubo que excavar un túnel para salir–. En total, cinco líneas de tren, casi 250.000 personas en Minnesota y unas 80.000 en Dakota hubieron de hacer frente a lo que se ha conocido como el Duro Invierno, o el Invierno del Hambre.

Quizá ahora, cuando somos conscientes de la cantidad de redes de las que dependemos, podamos hacernos una idea de ese escenario, con la población dependiendo de una única red:el tren. Las nuevas poblaciones confiaban en él todo: correo, ropa, calefacción, gran parte de sus subsistencia. Era una retroalimentación perfecta, ya que las mismas compañías ferroviarias desarrollaban una campaña de marketing brutal, en connivencia con el Estado, conforme iban expandiéndose por las tierras que arrebataban. Durante aquel tremendo invierno, se daba el caso de que había ciudades con graneros llenos, pero eran incapaces de realizar suministros a las localidades más aisladas. El agua se congelaba en los depósitos.

Los ferroviarios lo intentaron todo: dejar trenes en marcha, día y noche, para evitar la acumulación; explosivos; quitanieves demenciales. De tanto en tanto, había voluntarios que se prestaban a despejar las vías dando paladas: cuando llegó marzo, al aumentar las horas de luz, aumentaron también los casos de fotoqueratitis. En algún momento, a mediados de enero, las compañías se dieron por vencidas:desde finales de diciembre, no hay registros de trenes hasta De Smet (la ciudad de Laura Ingalls) hasta primeros de mayo. Porque con el deshielo, en abril, llegaron también las inundaciones –hay que tener en cuenta que algunos tramos de las vías eran sólo traviesas y carriles, sin siquiera balastos–.

Cinco líneas de tren se colapsaron, dejando sin recursos a más de 300.000 personas

También en enero, según relata Ingalls, a la familia sólo les quedaban cinco patatas y un puñado de trigo para el desayuno. El padre hubo de pedir ayuda a uno de los vecinos, que después haría una incursión a caballo (peligrosa, debido a los cúmulos de nieve hueca) en una localidad cercana, en busca de sacos de cereal. Había quien intentaba buscar ayuda a caballo, o en trineo, o en trineos impulsados por velas, incluso que se arriesgaba a ir andando: uno de los casos más dramáticos fue el de una familia de cinco miembros que intentó volver a pie su hogar, en Wisconsin, y murió congelada.

No queda nada en el mundo más que frío y oscuridad, y trabajo, y pan arenoso, y viento soplando –cuenta Laura Ingalls–. La tormenta está siempre presente, tras las paredes, agazapada para luego lanzarse a sacudir la casa, rugiendo, gruñendo, gritando de rabia”.

El barril de las judías está vacío –repasa–. Y el de galletas. No queda cerdo. La caja alargada del bacalao sólo tiene unos restos de sal en el fondo. Las cajas de manzanas y arándanos secos también están vacías”. Una noche, el padre intenta tocar la flauta, algo que hacían para animarse, pero sus manos estaban tan entumecidas que fue incapaz. No hay luz para leer o estudiar, pero tampoco tienen energía para hacerlo:“Laura sentía que la ventisca debía parar antes de poder hacer nada, para poder escuchar, para poder pensar. Pero nunca lo hacía: no dejaba de ulular”. 

Las temperaturas se desplomaron por debajo de los -30 grados, con cortes de nieve de diez metros

Tienen todos los síntomas de desnutrición: frío (pero, claro), abotargamiento, cansancio extremo, vista borrosa. Hay que decir, también, que en casa de los Ingalls se alojaba una joven pareja con su bebé recién nacido: eran nueve bocas que alimentar –a la posteridad han pasado como parásitos: la escritora les cogió tanta manía que los borró del cuento “oficial”–. Una de las hermanas, además, era ciega: debía estar aterrorizada.

Leyendo la historia como adulto, uno cree que van a morir. Ese hubiera sido ese el fin lógico del relato, de no conocerlo, de no ser, en fin, un cuento de La casa de la pradera. Morir de frío, de hambre, matándose entre ellos, en aquella casa de tablas endebles, clavos congelados y viento ensordecedor.

No, no murieron. Llegó la primavera, con el silbato del primer tren en meses, y regalos para una Navidad a destiempo, incluso con un pavo congelado.

Un detalle suculento, para terminar: tras toda aquella odisea, desde los periódicos locales se sostenía que “aún había que escuchar el primer caso de penurias”y se advertía sobre los daños que la mala publicidad de las historias truculentas podían traer a la región. Los trenes, y el dinero, tenían que seguir rodando.

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